ANTI­GUAS Y MODER­NAS RAÍ­CES DEL YOGA Mark Sin­gle­ton


La páli­da luz del sol inver­nal pene­tra­ba des­de las altas ven­ta­nas de la biblio­te­ca de la Uni­ver­si­dad de Cam­brid­ge has­ta la cubier­ta de cue­ro oscu­ro de un libro. Con la sala reple­ta de silen­cio­sos aca­dé­mi­cos, lo abrí, y fui hojean­do, ima­gen tras ima­gen, una suce­sión de hom­bres y muje­res en pos­tu­ras que me resul­ta­ron fami­lia­res. Allí esta­ba la pos­tu­ra del gue­rre­ro, la del perro boca aba­jo. En otra pági­na, el balan­ce equi­li­bra­do de Utthi­ta Pādāngushthāsana; y en las siguien­tes la pos­tu­ra de para­da de cabe­za, la de manos, el Sup­ta Vīrāsana y más, todo lo que podrías espe­rar encon­trar en un manual yógui­co de āsanas. Pero éste no era un libro de yoga. Se tra­ta­ba de un tex­to que des­cri­bía un sis­te­ma danés de ejer­ci­cios diná­mi­cos de prin­ci­pios del siglo XX, lla­ma­do Pri­mi­ti­ve Gim­nas­tics. Por la noche, fren­te a mis estu­dian­tes de yoga, refle­xio­né sobre mi des­cu­bri­mien­to. ¿Qué sig­ni­fi­ca­do tenía el que muchas de las pos­tu­ras que esta­ba ense­ñan­do fue­ran idén­ti­cas a las desa­rro­lla­das por un pro­fe­sor de gim­na­sia escan­di­na­vo hace menos de un siglo? Al pare­cer, este gim­nas­ta nun­ca había pisa­do la India, y tam­po­co había reci­bi­do ense­ñan­za algu­na sobre āsanas. Y sin embar­go su sis­te­ma, con su for­ma­to de cin­co cuen­tas, sus «blo­queos» abdo­mi­na­les y sus sal­tos diná­mi­cos den­tro y fue­ra de esas tan fami­lia­res pos­tu­ras, se pare­cía increí­ble­men­te al sis­te­ma vin­ya­sa-yoga que cono­cía tan bien.

Pasó el tiem­po y mi curio­si­dad, que no hacía más que ir en aumen­to, pron­to me lle­vó a inves­ti­gar más. Ave­ri­güé que el sis­te­ma danés era el resul­ta­do de una tra­di­ción de gim­na­sia escan­di­na­va del siglo XIX, la cual había revo­lu­cio­na­do el modo en que se ejer­ci­ta­ban los euro­peos. Estos sis­te­mas basa­dos en el mode­lo escan­di­na­vo se exten­die­ron por toda Euro­pa y se con­vir­tie­ron en la base del entre­na­mien­to físi­co en ejér­ci­tos, arma­das y nume­ro­sas escue­las. Tam­bién encon­tra­ron un modo de intro­du­cir­se en la India. En la déca­da de 1920, según una encues­ta rea­li­za­da por el YMCA en la India, Pri­mary Gim­nas­tics era uno de los sis­te­mas más popu­la­res de ejer­ci­cio en todo el sub­con­ti­nen­te, supe­ra­do tan sólo por la gim­na­sia sue­ca desa­rro­lla­da por P. H. Ling. Fue enton­ces cuan­do me preo­cu­pé seriamente.

¿Anti­guo o moderno? Los orí­ge­nes del yoga

Los āsanas de yoga se pre­sen­tan nor­mal­men­te como una prác­ti­ca trans­mi­ti­da duran­te miles de años, ori­gi­na­da en los Vedas —los tex­tos reli­gio­sos más anti­guos de los hin­dúes— y no como un híbri­do entre la tra­di­ción india y la gim­na­sia euro­pea. Cla­ra­men­te había algo más apar­te de lo que me habían ense­ña­do. De algu­na mane­ra, mis fun­da­men­tos per­die­ron con­sis­ten­cia. Si no par­ti­ci­pa­ba de una anti­gua y vene­ra­ble tra­di­ción, ¿qué es lo que esta­ba hacien­do realmente? 

Pasé los siguien­tes cua­tro años inves­ti­gan­do febril­men­te en biblio­te­cas de Ingla­te­rra, Esta­dos Uni­dos e India, bus­can­do pis­tas que reve­la­sen cómo sur­gió el yoga que prac­ti­ca­mos hoy en día. Revi­sé cien­tos de manua­les sobre yoga moderno y miles de pági­nas de revis­tas. Estu­dié las tra­di­cio­nes «clá­si­cas» del yoga, cen­trán­do­me en hatha­yo­ga, del cual se decía que mi prác­ti­ca deri­va­ba. Leí gran can­ti­dad de los comen­ta­rios sobre los Yogasūtra de Pata­ñ­ja­li; los Upa­nishads y los pos­te­rio­res «Yoga Upa­nishads»; estu­dié tex­tos de hatha­yo­ga medie­val como el Gorakshasha­ta­ka, el Hathayogapradīpikā y otros, así como dife­ren­tes obras de las tra­di­cio­nes tán­tri­cas, de las cua­les sur­gie­ron prác­ti­cas de hatha­yo­ga menos com­ple­jas y menos exclusivas.

Al ras­trear estos tex­tos pri­ma­rios, com­pren­dí la obvie­dad de que el āsana rara vez era, como tal, el núcleo prin­ci­pal de las impor­tan­tes tra­di­cio­nes de yoga en la India. Pos­tu­ras como las que hoy cono­ce­mos figu­ra­ban a menu­do entre las prác­ti­cas auxi­lia­res de los sis­te­mas de yoga (par­ti­cu­lar­men­te en hatha­yo­ga), pero no eran el com­po­nen­te domi­nan­te. Más bien apa­re­cían subor­di­na­das a prác­ti­cas como prānāyāma (expan­sión de la ener­gía vital por medio de la res­pi­ra­ción), dhāranā (enfo­que o ajus­te de la facul­tad men­tal) y nāda (soni­do), y no tenían la salud ni el esta­do físi­co como obje­ti­vo prin­ci­pal. No al menos has­ta la súbi­ta explo­sión del inte­rés en el yoga pos­tu­ral de las déca­das de 1920 y 1930, ocu­rri­da pri­me­ro en la India y más tar­de en Occidente.

Cuan­do el āsana migró al mun­do occidental 

El yoga empe­zó a ganar popu­la­ri­dad en Occi­den­te a fina­les del siglo XIX. Pero era un yoga pro­fun­da­men­te influen­cia­do por las ideas espi­ri­tua­les y reli­gio­sas occi­den­ta­les, que repre­sen­ta­ba en muchos aspec­tos una rup­tu­ra radi­cal con los lina­jes de yoga de la India. La pri­me­ra ola de «yoguis de expor­ta­ción», enca­be­za­da por Swa­mi Vive­ka­nan­da, igno­ró en gran medi­da el āsana y ten­dió a cen­trar­se en el prānāyāma, la medi­ta­ción y el pen­sa­mien­to posi­ti­vo. Con una sóli­da edu­ca­ción ingle­sa, Vive­ka­nan­da arri­bó a las cos­tas esta­dou­ni­den­ses en 1893, y tuvo un éxi­to ins­tan­tá­neo con la alta socie­dad de la cos­ta este. Si bien pudo haber ense­ña­do algu­nas pos­tu­ras, Vive­ka­nan­da recha­zó públi­ca­men­te el hatha­yo­ga en gene­ral, y el āsana en par­ti­cu­lar. Aque­llos que lle­ga­ron tras su este­la des­de la India a Esta­dos Uni­dos, se limi­ta­ron a sus­cri­bir la opi­nión de Vive­ka­nan­da sobre āsana. La cual se debía, por un lado, a los vie­jos pre­jui­cios que los indios de cas­ta supe­rior, como el pro­pio Vive­ka­nan­da, tenían con­tra yoguis, «faqui­res» y men­di­can­tes de cas­ta baja, los cua­les rea­li­za­ban pos­tu­ras seve­ras y rigu­ro­sas por dine­ro; y por otro lado, a los siglos de hos­ti­li­dad y ridi­cu­li­za­ción diri­gi­dos hacia estos gru­pos por los colo­nia­lis­tas occi­den­ta­les, perio­dis­tas y aca­dé­mi­cos. No fue has­ta la déca­da de 1920 cuan­do una higie­ni­za­da ver­sión de āsana comen­zó a ganar pro­ta­go­nis­mo como par­te impor­tan­te en los moder­nos yogas basa­dos en el idio­ma inglés que emer­gían de la India.

Esto des­pe­jó algo mis pri­me­ras dudas. A media­dos de la déca­da de 1990, pro­vis­to de un ejem­plar de B.K.S. Iyen­gar, Luz sobre el yoga, pasé tres años en la India tra­tan­do de reci­bir ins­truc­ción de yogāsana, y me sor­pren­dió lo difí­cil que me resul­tó encon­trar­la. Tomé cla­ses y talle­res en toda la India con pro­fe­so­res cono­ci­dos y menos cono­ci­dos, los cua­les aten­dían pre­fe­ren­te­men­te a los pere­gri­nos de yoga occi­den­ta­les. ¿No era la India el hogar del yoga? ¿Por qué no había más indios rea­li­zan­do āsanas? ¿Y por qué, por mucho que me esfor­za­ra, no pude encon­trar una este­ri­lla de yoga?

Cons­tru­yen­do cuer­pos fuertes

A medi­da que iba hun­dién­do­me en el pasa­do recien­te del yoga, las pie­zas del rom­pe­ca­be­zas se jun­ta­ban len­ta­men­te, reve­lan­do una por­ción cada vez mayor de la ima­gen com­ple­ta. En las pri­me­ras déca­das del siglo XX, la India —como gran par­te del res­to del mun­do— se vio afec­ta­da por un fer­vor sin pre­ce­den­tes por la cul­tu­ra físi­ca, que resul­ta­ba estre­cha­men­te vin­cu­la­da a la lucha por la inde­pen­den­cia nacio­nal. La cons­truc­ción de mejo­res cuer­pos, razo­na­ba la gen­te, for­ja­ría una mejor nación y opti­mi­za­ría las posi­bi­li­da­des de éxi­to en caso de un enfren­ta­mien­to vio­len­to con­tra los colo­ni­za­do­res. Sur­gió enton­ces una amplia varie­dad de sis­te­mas de ejer­ci­cios que com­bi­na­ban las téc­ni­cas occi­den­ta­les con las prác­ti­cas tra­di­cio­na­les indias en dis­ci­pli­nas como la lucha libre. A menu­do, el nom­bre que reci­bían estos regí­me­nes de for­ta­le­ci­mien­to a tra­vés de la fuer­za era «yoga». Algu­nos maes­tros, como Tiru­ka (K. Ragha­ven­dra Rao), via­ja­ron por el país dis­fra­za­dos de gurús de yoga, ense­ñan­do téc­ni­cas de for­ta­le­ci­mien­to y com­ba­te a los poten­cia­les revo­lu­cio­na­rios. El obje­ti­vo de Tiru­ka con­sis­tía en pre­pa­rar a la gen­te para un alza­mien­to con­tra los bri­tá­ni­cos, y así, camu­fla­do de asce­ta reli­gio­so, con­se­guía elu­dir el ojo vigi­lan­te de las autoridades.

Otros maes­tros, como el refor­mis­ta nacio­na­lis­ta de la cul­tu­ra físi­ca Manick Rao, com­bi­na­ron gim­na­sia euro­pea y ejer­ci­cios de resis­ten­cia con pesas, con reno­va­das téc­ni­cas indias para el com­ba­te y la fuer­za. El estu­dian­te más famo­so de Rao fue Swa­mi Kuva­la­ya­nan­da (1883–1966), el maes­tro de yoga más influ­yen­te de su épo­ca. Duran­te la déca­da de 1920, Kuva­la­ya­nan­da, jun­to con su rival y gurubhai («her­mano del gurú») Sri Yogen­dra (1897–1989), com­bi­nó los āsanas y los sis­te­mas de cul­tu­ra físi­ca indí­ge­na de la India con las últi­mas téc­ni­cas euro­peas de gim­na­sia y naturopatía.

Con la ayu­da del gobierno de la India, sus ense­ñan­zas se exten­die­ron por todas par­tes, y los āsanas —refor­mu­la­dos como cul­tu­ra físi­ca y tera­pia— gana­ron rápi­da­men­te una legi­ti­mi­dad que no habían dis­fru­ta­do pre­via­men­te en el resur­gi­mien­to del yoga pos­te­rior a Vive­ka­nan­da. Aun­que Kuva­la­ya­nan­da y Yogen­dra son en gran medi­da des­co­no­ci­dos en Occi­den­te, su tra­ba­jo cons­ti­tu­ye una bue­na par­te de la razón por la cual prac­ti­ca­mos yoga como hoy lo hacemos.

La inno­va­ción del ása­na

La otra figu­ra alta­men­te influ­yen­te en el desa­rro­llo de la prác­ti­ca moder­na de āsanas en la India del siglo XX ha sido, por supues­to, T. Krish­na­ma­char­ya (1888–1989), que estu­dió en el ins­ti­tu­to de Kuva­la­ya­nan­da a prin­ci­pios de 1930 y ense­ñó a algu­nos de las más influ­yen­tes pro­fe­so­res de yoga glo­bal del siglo XX, como B.K.S. Iyen­gar, K. Pat­tabhi Jois, Indra Devi y T.K.V. Desika­char. Krish­na­ma­char­ya, influi­do por las ense­ñan­zas tra­di­cio­na­les del hin­duis­mo, se gra­duó en las seis darsha­nas (los sis­te­mas filo­só­fi­cos del hin­duis­mo orto­do­xo) y en Ayur­ve­da. Pero tam­bién fue recep­ti­vo a las nece­si­da­des de su épo­ca, y no temía inno­var, como lo demues­tran las nue­vas for­mas de prác­ti­ca de āsanas que desa­rro­lló duran­te los años trein­ta. Duran­te su estan­cia como pro­fe­sor de yoga a las órde­nes del gran moder­ni­za­dor y entu­sias­ta de la cul­tu­ra físi­ca Krish­na­ra­jen­dra Wode­yar, el maha­ra­jah de Myso­re, Krish­na­ma­char­ya for­mu­ló una prác­ti­ca diná­mi­ca de āsanas, diri­gi­da prin­ci­pal­men­te a la juven­tud de la India, que esta­ba muy en línea con la cul­tu­ra físi­ca zeit­geist. Era, como el sis­te­ma de Kuva­la­ya­nan­da, una suer­te de matri­mo­nio entre hatha­yo­ga, ejer­ci­cios de lucha libre y movi­mien­tos de gim­na­sia occi­den­tal moder­na, y sobre todo no se pare­ce a nada que se haya vis­to antes en la tra­di­ción del yoga.

Estos expe­ri­men­tos se con­vir­tie­ron even­tual­men­te en varios esti­los con­tem­po­rá­neos de prác­ti­ca de āsanas, espe­cial­men­te lo que hoy se cono­ce como Ash­tan­ga-vin­ya­sa-yoga. Aun­que este esti­lo de prác­ti­ca repre­sen­ta sólo un bre­ve perío­do de la exten­sa carre­ra docen­te de Krish­na­ma­char­ya (y no le hace jus­ti­cia a su enor­me con­tri­bu­ción a la tera­pia del yoga), ha sido muy influ­yen­te en la crea­ción de los sis­te­mas basa­dos en el yoga-vin­ya­sa-flow y power-yoga norteamericanos.

Enton­ces, ¿dón­de me deja­ba todo esto? Pare­ce cla­ro que los esti­los que yo prac­ti­ca­ba venían de una tra­di­ción rela­ti­va­men­te moder­na, con obje­ti­vos, méto­dos y moti­vos dife­ren­tes a los que tra­di­cio­nal­men­te se atri­bu­yen a los āsanas. Sólo hay que leer las tra­duc­cio­nes de tex­tos como Hatha-Tatt­va-Kau­mu­di, Ghe­ran­da Samhi­ta o Hatha-Rat­na­va­li, para com­pro­bar que gran par­te del yoga que domi­na Amé­ri­ca y Euro­pa hoy en día, ha cam­bia­do ape­nas más allá del reco­no­ci­mien­to de las prác­ti­cas medie­va­les. Los mar­cos filo­só­fi­cos y eso­té­ri­cos del hatha­yo­ga pre­mo­derno, así como el esta­do de los āsanas como «asien­tos» para la medi­ta­ción y el prānāyāma, han sido mar­gi­na­dos en favor de los sis­te­mas que resal­tan el movi­mien­to gim­nás­ti­co, la salud y la for­ma físi­ca, jun­to a las nece­si­da­des espi­ri­tua­les del Occi­den­te moderno. ¿Esto hacía que el yoga que esta­ba prac­ti­can­do no fue­ra auténtico?

En nin­gún caso era ésta una pre­gun­ta for­tui­ta. Mi ruti­na dia­ria duran­te esos años con­sis­tía en levan­tar­me antes del ama­ne­cer, prac­ti­car yoga duran­te dos horas y media, y sen­tar­me duran­te un día com­ple­to a estu­diar la his­to­ria y la filo­so­fía del yoga. Lue­go, al final de la jor­na­da, o bien impar­tía cla­ses de yoga o bien asis­tía a una como alumno. Toda mi vida gira­ba en torno al yoga.

Regre­sé a la biblio­te­ca. Des­cu­brí algo más, que Occi­den­te había esta­do desa­rro­llan­do su pro­pia tra­di­ción de la prác­ti­ca de la pos­tu­ra gim­nás­ti­ca, mucho antes de la lle­ga­da de los pio­ne­ros del āsana de la India, como B.K.S. Iyen­gar. Y que éstas eran tra­di­cio­nes espi­ri­tua­les, a menu­do desa­rro­lla­das por y para muje­res, que uti­li­za­ban la pos­tu­ra, la res­pi­ra­ción y la rela­ja­ción para acce­der a esta­dos ele­va­dos de con­cien­cia. Muje­res esta­dou­ni­den­ses como Caj­zo­ran Ali y Gene­vie­ve Steb­bins, y euro­peas como Mollie Bagot Stack, naci­da en Dublín, fue­ron las here­de­ras de prin­ci­pios del siglo XX de estas tra­di­cio­nes de «movi­mien­to armó­ni­co». Los recién lle­ga­dos sis­te­mas de yoga basa­dos ​​en āsanas, natu­ral­men­te, se inter­pre­ta­ban a tra­vés de la len­te de estas tra­di­cio­nes gim­nás­ti­cas occi­den­ta­les preexistentes.

Que­da­ban ya esca­sas dudas en mi men­te: muchos prac­ti­can­tes de yoga actua­les son los here­de­ros de las tra­di­cio­nes gim­nás­ti­cas espi­ri­tua­les de sus bisa­bue­los, mucho más que del hatha­yo­ga medie­val de la India. Y esos dos con­tex­tos son bas­tan­te dife­ren­tes. No es que las pos­tu­ras del yoga moderno se deri­ven de la gim­na­sia occi­den­tal (aun­que a veces pue­da dar­se el caso). Más bien, a medi­da que las prác­ti­cas de yoga sin­cré­ti­co se esta­ban desa­rro­llan­do en el perío­do moderno, se inter­pre­ta­ron a tra­vés de la len­te del movi­mien­to armó­ni­co esta­dou­ni­den­se, la gim­na­sia dane­sa o la cul­tu­ra físi­ca en gene­ral. Y esto cam­bió pro­fun­da­men­te el sig­ni­fi­ca­do mis­mo de los movi­mien­tos, crean­do una nue­va tra­di­ción de com­pren­sión y prác­ti­ca. Es esta la tra­di­ción que muchos de noso­tros hemos heredado.

Cri­sis de fe

Aun­que nun­ca inte­rrum­pí mi prác­ti­ca dia­ria de āsanas duran­te todo este tiem­po, sí sen­tí que esta­ba expe­ri­men­tan­do algo pare­ci­do a una cri­sis de fe. El sue­lo don­de mi prác­ti­ca pare­cía apo­yar­se: Pata­ñ­ja­li, los Upa­nishads, los Vedas, se estre­me­ció a medi­da que fui hacien­do aque­llos des­cu­bri­mien­tos. Si las afir­ma­cio­nes que muchas escue­las moder­nas de yoga hacen sobre las anti­guas raí­ces de sus prác­ti­cas no son estric­ta­men­te cier­tas, ¿será aca­so por­que no están esas mis­mas raí­ces fun­da­men­tal­men­te probadas?

Sin embar­go, con el tiem­po fui dán­do­me cuen­ta de que pre­gun­tar­me acer­ca de la auten­ti­ci­dad de las tra­di­cio­nes moder­nas sobre āsanas, podía no ser la pre­gun­ta más apro­pia­da. Esti­mar la prác­ti­ca pos­tu­ral con­tem­po­rá­nea como ile­gí­ti­ma es fácil, ya que no es fiel a las anti­guas tra­di­cio­nes de yoga. Pero hacien­do eso no esta­ría en ave­nen­cia con la varie­dad de adap­ta­cio­nes prác­ti­cas del yoga a lo lar­go de los mile­nios, y con el lugar del yoga moderno en rela­ción a esa inmen­sa his­to­ria. Como cate­go­ría para valo­rar el yoga, la «auten­ti­ci­dad» se que­da cor­ta y dice mucho más sobre nues­tras inse­gu­ri­da­des, pro­pias de este siglo XXI, que sobre la prác­ti­ca del yoga.

Una for­ma de salir de este deba­te enga­ño­so, pen­sé, era con­si­de­rar cier­tas prác­ti­cas moder­nas como sim­ple­men­te los últi­mos injer­tos en el árbol del yoga. Nues­tros yogas obvia­men­te tie­nen sus raí­ces en la tra­di­ción india, aun­que eso que­de lejos de ser una tota­li­dad. Pen­sar en el yoga de esta mane­ra, como un árbol vas­to y anti­guo con muchas raí­ces y ramas, no es una trai­ción a la «tra­di­ción» autén­ti­ca, ni fomen­ta una acep­ta­ción no crí­ti­ca de todo lo que se lla­ma a sí mis­mo «yoga», por muy absur­do que sea. Por el con­tra­rio, este tipo de pen­sa­mien­to pue­de alen­tar­nos a exa­mi­nar nues­tras pro­pias prác­ti­cas y creen­cias más de cer­ca, a ver­las en rela­ción con nues­tro pro­pio pasa­do. Tam­bién nos pue­de dar algo de cla­ri­dad a medi­da que nos sumer­gi­mos en el mer­ca­do con­tem­po­rá­neo del yoga, que a menu­do es desconcertante.

Apren­der sobre la heren­cia cul­tu­ral y espi­ri­tual occi­den­tal de nues­tra prác­ti­ca nos mues­tra cómo incor­po­ra­mos nues­tros pro­pios enten­di­mien­tos y malen­ten­di­dos, espe­ran­zas y preo­cu­pa­cio­nes en nues­tra inter­pre­ta­ción de la tra­di­ción, y cómo miles de influen­cias se unen para crear algo nue­vo. Tam­bién cam­bia la pers­pec­ti­va sobre nues­tra pro­pia prác­ti­ca, invi­tán­do­nos a con­si­de­rar real­men­te lo que esta­mos hacien­do cuan­do prac­ti­ca­mos yoga, y cuál es su sig­ni­fi­ca­do para noso­tros. Al igual que la prác­ti­ca en sí, este cono­ci­mien­to pue­de reve­lar­nos tan­to nues­tro con­di­cio­na­mien­to como nues­tra ver­da­de­ra identidad.

Más allá de la mera his­to­ria por el bien de la his­to­ria, apren­der sobre el pasa­do recien­te del yoga nos ofre­ce una len­te nece­sa­ria y pode­ro­sa para ver nues­tra rela­ción con la tra­di­ción, anti­gua y moder­na. En el mejor de los casos, la eru­di­ción del yoga moderno es una expre­sión actual más urgen­te­men­te nece­si­ta­da de la vir­tud yógui­ca, vive­ka («dis­cer­ni­mien­to» o «jui­cio correc­to»). Enten­der la his­to­ria del yoga y las raí­ces anti­guas y ocul­tas nos acer­ca mucho más a la visión cla­ra y ver­da­de­ra. Inclu­so podría ayu­dar­nos a tras­cen­der a una fase de mayor madu­rez en la prác­ti­ca del yoga para el siglo XXI.

Tra­duc­ción del inglés por Javi Gobinde


Los intere­ses de inves­ti­ga­ción de Mark Sin­gle­ton se sitúan en la inter­sec­ción entre la tra­di­ción y la moder­ni­dad en el yoga. Fue asis­ten­te de inves­ti­ga­ción de la Dra. Eli­za­beth De Miche­lis en el Ins­ti­tu­to de Inves­ti­ga­ción Indic Dha­ram Hin­du­ja de la Uni­ver­si­dad de Cam­brid­ge, en 2002–3, y com­ple­tó un doc­to­ra­do en la Facul­tad de Divi­ni­dad de Cam­brid­ge sobre la his­to­ria moder­na del yoga. Duran­te este tiem­po tam­bién comen­zó el estu­dio for­mal de Sáns­cri­to con los Dres. Eivind Kahrs y John Smith. Impar­tió cur­sos de pre­gra­do y pos­gra­do en St. John´s Colle­ge (San­ta Fe, Nue­vo Méxi­co) entre 2006 y 2013.

Ha sido inves­ti­ga­dor prin­ci­pal de inves­ti­ga­ción a lar­go pla­zo en el Ins­ti­tu­to Ame­ri­cano de Estu­dios Indí­ge­nas, con sede en Jodh­pur (Rajasthan, India), y fue con­sul­tor y autor de catá­lo­gos de la expo­si­ción «Yoga: el arte de la trans­for­ma­ción», en 2013, en el Ins­ti­tu­to Smith­so­niano, Washing­ton DC. Se desem­pe­ñó como co-pre­si­den­te de la Con­sul­ta de Yoga en la Aca­de­mia Ame­ri­ca­na de Reli­gio­nes de 2012 a 2015. Es co-geren­te del sitio web de Modern Yoga Research.

Sus libros inclu­yen Yoga en el mun­do moderno (Routled­ge 2008, ed. Con Jean Byr­ne); Yoga Body, los orí­ge­nes de la prác­ti­ca pos­tu­ral moder­na (Oxford Uni­ver­sity Press 2010); Gurús del Yoga Moderno (Oxford Uni­ver­sity Press 2014, ed. Con Ellen Gold­berg); y Roots of Yoga (Pen­guin Clas­sics, enero de 2017, con James Mallin­son). Tam­bién ha escri­to artícu­los, capí­tu­los de libros y entra­das de enci­clo­pe­dias sobre yoga.

 

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