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¡Eh, Yogui! ¿Qué tal?

Siri Tapa

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Dar un paso fir­me hacia el yoga supo­ne des­cu­brir tu pro­pia rela­ción con el yoga, tan her­mo­sa como lo sea tu valentía.

Con el tiem­po se va acla­ran­do tu rela­ción yógui­ca con los yoguis y yogui­nis de las que apren­des, con los com­pa­ñe­ros, con la pro­pia prác­ti­ca, con tu vida coti­dia­na, con la ali­men­ta­ción, con la fami­lia, y con las dema­sia­das ideas sobre cómo ten­drías que ser como prac­ti­can­te de yoga… sobre el dis­cer­ni­mien­to de los esta­dos de ilu­mi­na­ción o las fan­ta­sías y sobre todo lo que se te pue­da ocu­rrir, inclu­yen­do la vejez, la enfer­me­dad, la muer­te o el más allá. Y es que yoga lo toca todo, es decir, todo lo que cono­ces va a ser toca­do por yoga, inclu­so aque­llo que per­ma­ne­ce ocul­to para tu nivel consciente.

Solo expre­sar­lo hace que la piel sien­ta el rubor del acer­ca­mien­to de lo amado.

No impor­ta si te das a la rela­ción con pasión o entras des­pa­cio, este jar­dín rezu­ma para que tu vida sea mejor y te des­vis­te de más­ca­ras y de indi­fe­ren­cia social, te da fuer­za y vigor para actuar con una neu­tra­li­dad no con­fun­di­da, ya que nin­gún yogui des­pier­to ha deja­do de actuar en el mundo.

Yoga no es un cuen­to para eva­dir­te, es ver pren­di­da la luz en tu pro­pia vida, en todos sus aspectos.

Dicen que la mayo­ría de las veces que alguien pre­gun­ta: “¿Qué tal estas?”, no lo quie­re saber de ver­dad. Dicen que cuan­do con­tes­ta­mos con un sim­ple: “Bien”, esta­mos evi­tan­do la pre­gun­ta. Una de las cosas que Kun­da­li­ni Yoga me ha ense­ña­do es a no des­pre­ciar las cosas valio­sas, por sen­ci­llas que sean. Me gus­ta estar entre yoguis, pue­do decir: “¿Qué tal estás? Quie­ro escu­char­te”. Pue­do dejar­me hablar y no ocul­tar­me. Entre gen­te que ama el yoga he apren­di­do a poder man­te­ner esa mis­ma acti­tud con la gen­te que no cono­ce el yoga ni le intere­sa. Ya no quie­ro pre­gun­tar lo que no deseo escu­char, no quie­ro evi­tar expresarme.

Tal vez pue­da pare­cer­te algo bási­co, pero creo que para ser sin­ce­ros hemos de refle­xio­nar sobre muchas cosas bási­cas que nadie nos dijo que podían ser de otra mane­ra, y que, de hecho, no se apren­den por ser alec­cio­na­dos sino por derrum­bar creen­cias y repre­sio­nes, y que esto se vuel­ve más sen­ci­llo si tie­nes la suer­te de cru­zar­te con alguien de cuyo ejem­plo pue­das ins­pi­rar­te y tener un gru­po don­de com­par­tir los hallaz­gos. Anti­gua­men­te todo empe­za­ba por la rela­ción que esta­ble­cías con un maes­tro, me refie­ro a esa per­so­na que era capaz de guiar, de cor­tar el ego, de pulir la bri­llan­tez, de abrir­te la puer­ta hacia lo subli­me. Hoy en día tal vez muchas con­no­ta­cio­nes del rol del que pro­fe­sa o prac­ti­ca yoga han cam­bia­do, pero hay cosas que siguen sien­do impor­tan­tes: si no estás dis­pues­to a agrie­tar tu ego, sen­ci­lla­men­te toda­vía no estás a la som­bra del yoga.

Tal vez se pudie­ra dis­cu­tir sobre las aus­te­ri­da­des extre­mas del yoga clá­si­co, la nece­si­dad de seguir a alguien o tan­tas cosas, pero una se que­da sin pala­bras ante la radian­cia del cora­zón pren­di­do y la men­te iluminada.

Son muchos los rega­los de esta vida, en la que por ejem­plo empie­zas hacien­do ejer­ci­cios de agra­de­ci­mien­to como si se tra­ta­ra de la lis­ta de la com­pra, ejer­ces la valo­ra­ción como una ban­de­ra y ato­si­gas al cuer­po con una zanaho­ria has­ta que un día cual­quie­ra te das cuen­ta de que rebuz­nas menos y reto­zas más, das menos coces y miras más hones­ta­men­te a los ojos. El mila­gro de la caí­da de un velo de igno­ran­cia solo es el ale­gre telón del siguien­te, tan valio­so como una pues­ta de sol, que no solo no es poco, sino que es mucho más de lo que aparenta.

Y así, con el sol abri­mos las puer­tas a la sādha­nā, ini­cia­mos los gru­pos de for­ma­ción de yoga, que son toda una des­for­ma­ción de patro­nes, así, sen­ci­lla­men­te, exten­de­mos las este­ri­llas para mover­nos, el zafu para medi­tar y char­la­mos sobre cosas que nos impor­tan y sobre una feli­ci­dad que los spots publi­ci­ta­rios no pue­den uti­li­zar por mucho que se empe­ñen, ya que todo pasa entre noso­tros, entre la gen­te que nos reuni­mos en estos gru­pos de yoga, en peque­ñas escue­las dón­de los intere­ses se trans­for­man y nos sacu­di­mos las zar­pas del aba­ti­mien­to y la rít­mi­ca agi­ta­ción doliente.

Sopor­tar la vida como una con­de­na es de lo más ale­ja­do a lo que hace­mos los yoguis. La har­tu­ra vie­ne bien para dar un paso a otro lugar. Así es como muchos lo dan hacia yoga y, a su tra­vés, cada cual a des­cu­brir­se, y es que la inco­mo­di­dad social es un buen sím­bo­lo de salud, de inte­li­gen­cia y de espe­ran­za para noso­tros, la gen­te, cuan­do pode­mos dejar de hacer tan­tas ton­te­rías y hacer tan­tas cosas valiosas.

Siri Tapa

1 comentario. Dejar nuevo

  • Me encan­ta quie­ro seguir, estoy como si empe­za­ra la uni­ver­si­dad, esto es precioso.
    Gracias.
    Cuan­to que aprender.Sat nam.

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