EL YOGA EN TRANSFORMACIÓN

David Gor­don White


Se pue­de decir que los prac­ti­can­tes de yoga de hoy en día —un vibran­te y crea­ti­vo sec­tor de la socie­dad glo­bal, iden­ti­fi­ca­ble por sus creen­cias, com­por­ta­mien­to, ves­ti­men­ta y len­gua­je dis­tin­ti­vos— for­man una sub­cul­tu­ra, «un sub­gru­po reco­no­ci­ble den­tro de una socie­dad o con­jun­to de per­so­nas, espe­cial­men­te carac­te­ri­za­do por creen­cias o intere­ses dife­ren­cia­dos de los del gru­po más gran­de». Tam­bién podría argu­men­tar­se que los prac­ti­can­tes de yoga anti­guos y medie­va­les cons­ti­tuían una sub­cul­tu­ra. En el caso moderno, la mayo­ría com­pren­de la cul­tu­ra domi­nan­te de una socie­dad urba­na cada vez más glo­ba­li­za­da. En el caso anti­guo y medie­val, el gru­po más gran­de era, en su mayor par­te, la corrien­te prin­ci­pal de la cul­tu­ra del sur de Asia.

         ¿Qué tie­nen en común estas dos sub­cul­tu­ras del yoga? La mayo­ría de los prac­ti­can­tes de yoga actua­les tien­den a asu­mir que, apar­te de los esti­los de ropa, los acce­so­rios moder­nos o las adap­ta­cio­nes (yoga con tu perro, yoga de la risa) del mode­lo indio ori­gi­nal, muy poco ha cam­bia­do. La mayo­ría cree que los ele­men­tos peren­nes de la prác­ti­ca del yoga —sus fun­da­men­tos espi­ri­tua­les, la prác­ti­ca pos­tu­ral, los obje­ti­vos para alcan­zar una men­te y un cuer­po sanos, o hacer yoga como un medio para la auto­trans­for­ma­ción, estar en armo­nía con la natu­ra­le­za y el des­cu­bri­mien­to de lo tras­cen­de en su inte­rior— per­ma­ne­ció igual en la India duran­te los mile­nios antes de su intro­duc­ción en Occi­den­te. A decir ver­dad, el yoga sur­gió de varias tra­di­cio­nes del sur de Asia que no guar­da­ban rela­ción entre ellas y que se com­bi­na­ron con el paso de los siglos en una peque­ña can­ti­dad de tra­di­cio­nes uni­fi­ca­das. Duran­te los últi­mos 120 años, estas tra­di­cio­nes han sido adap­ta­das por los inter­me­dia­rios de la cul­tu­ra india y occi­den­tal por las nume­ro­sas «mar­cas» de yoga para los prac­ti­can­tes moder­nos: Raja Yoga, Kri­ya Yoga, Vin­ya­sa Yoga, Ash­tan­ga Yoga, Anu­sa­ra Yoga, y así suce­si­va­men­te. En otras pala­bras, el com­ple­jo de prác­ti­cas trans­for­ma­do­ras que cono­ce­mos hoy como yoga es en reali­dad el pro­duc­to de unos cua­tro mil años de transformación.

Desa­rro­llos tempranos

          Según una con­je­tu­ra habi­tual, la evi­den­cia más anti­gua que tene­mos del yoga es un sello de arci­lla halla­do en el área arqueo­ló­gi­ca del valle del río Indo, en Mohen­jo-Daro, fecha­do en la últi­ma par­te del ter­cer mile­nio a.C. Lo que se ve en el sello es un supues­to «yogui» sen­ta­do con las pier­nas cru­za­das (fig.1⬇︎); sin embar­go, tam­bién encon­tra­mos imá­ge­nes anti­guas de figu­ras en pos­tu­ras idén­ti­cas per­te­ne­cien­tes a luga­res tan remo­tos como Escan­di­na­via o el Pró­xi­mo Orien­te, y no pode­mos supo­ner que algu­na de ellas estu­vie­ra des­ti­na­da a repre­sen­tar a prac­ti­can­tes de yoga. Ade­más, en las pri­me­ras refe­ren­cias lite­ra­rias al yoga, que se encuen­tran en el Rig Veda del siglo XV a.C., la pala­bra yoga no deno­ta ni medi­ta­ción ni pos­tu­ra sen­ta­da, sino más bien una carro­za de gue­rra, com­pues­ta por el vehícu­lo con rue­das, el gru­po de caba­llos que la tira­ba y el yugo que man­te­nía uni­das ambas par­tes. (La pala­bra sáns­cri­ta yoga está rela­cio­na­da lin­güís­ti­ca­men­te con la ingle­sa yoke [o la espa­ño­la yugo]). Según las anti­guas tra­di­cio­nes gue­rre­ras indias, como se ates­ti­gua en los pri­me­ros estra­tos de la epo­pe­ya hin­dú el Mahābhā­ra­ta (entre el 200 a.C y 100 d.C), un héroe que sucum­bía luchan­do en el cam­po de bata­lla era lle­va­do al cie­lo y trans­for­ma­do en un dios al atra­ve­sar el sol en un vehícu­lo lla­ma­do «yoga». 📌

Fig 1 Sello «yógui­co». Indus civi­li­za­tion, ca. 26001900 BCE. Natio­nal Museum of India. Fig. 2 Buddha sen­ta­do. Afgha­nis­tan or Pakis­tan, Gandha­ra, prob. Had­da, 1st century–320. Cle­ve­land Museum of Art. Fig. 3 Cabe­za de un Rishi. India, Mathu­ra, 2nd cen­tury. Cle­ve­land Museum of Art

         Las sec­cio­nes pos­te­rio­res del Mahābhārata (por el 200–400 d.C.) regis­tran otro uso más fami­liar del tér­mino yoga, el cual se desa­rro­lló en los círcu­los hin­dúes, budis­tas y jai­nis­tas duran­te la segun­da mitad del pri­mer mile­nio a.C. Duran­te este perío­do, los asce­tas erran­tes desa­rro­lla­ron un sis­te­ma de prác­ti­cas para con­tro­lar el cuer­po y la res­pi­ra­ción como medio para esta­bi­li­zar la men­te (Fig. 2 y 3⬆︎). Si bien estas prác­ti­cas se deno­mi­na­ban «medi­ta­ción» en las pri­me­ras fuen­tes budis­tas y jai­nis­tas, 📌 la Kātha­ka Upa­nishad hin­dú, una escri­tu­ra que data apro­xi­ma­da­men­te del siglo III a.C., las des­cri­be den­tro del con­tex­to de un con­jun­to de ense­ñan­zas sobre el yoga. En estas ense­ñan­zas, el víncu­lo entre la medi­ta­ción como un medio para con­tro­lar la men­te y el «yoga» del anti­guo auri­ga de carros es cla­ro. Lee­mos que el prac­ti­can­te dis­ci­pli­na­do que ha «uni­do» los «caba­llos» y el «carro» de su cuer­po, y gobier­na sus sen­ti­dos con las «rien­das» de su men­te, se ele­va al mun­do del dios supre­mo Vish­nu. 📌

         Otros tres pun­tos seña­la­dos en la Kātha­ka sen­ta­ron las bases para gran par­te de lo que lle­gó a cons­ti­tuir el yoga en los siglos siguien­tes. Pri­me­ro, su ense­ñan­za sobre éste intro­du­jo una fisio­lo­gía sutil, desig­nan­do al cuer­po como una «for­ta­le­za con once puer­tas» y evo­can­do el alma o el Ser como una «per­so­na del tama­ño de un pul­gar» que, moran­do en su inte­rior, es ado­ra­da por todos los dio­ses. 📌 Esta y otras Upa­nishads tam­bién intro­du­je­ron los cana­les de res­pi­ra­ción (nādīs) que se vol­ve­rían tan fun­da­men­ta­les para las prác­ti­cas trans­for­ma­do­ras de la tra­di­ción medie­val del hatha-yoga. En segun­do lugar, la Katha­ka iden­ti­fi­có el Ser indi­vi­dual con el Ser Uni­ver­sal (brāhman): esta meta­fí­si­ca no dua­lis­ta sería reto­ma­da en varias tra­di­cio­nes de yoga pos­te­rio­res, comen­zan­do con las reve­la­das por el dios supre­mo Krish­na en la Bha­ga­vad­gī­tā de 200–400 d.C., una por­ción tar­día del Mahābhārata. 📌 Final­men­te, la Kātha­ka intro­du­jo la jerar­quía de los cons­ti­tu­yen­tes de la men­te y el cuer­po —los sen­ti­dos, la men­te, el inte­lec­to, etc.— que com­pren­den las cate­go­rías fun­da­men­ta­les del sāmkh­ya, el sis­te­ma meta­fí­si­co dua­lis­ta que fun­da­men­ta los Yoga­sū­tras de alre­de­dor del 325 d.C. 📌

Los Yoga­sū­tras y las tra­di­cio­nes afines

            Los Yoga­sū­tras de Pata­ñ­ja­li fue­ron una reco­pi­la­ción esen­cial de todas estas tra­di­cio­nes ante­rio­res de yoga y medi­ta­ción, que demar­có den­tro del con­tex­to más amplio de una meta­fí­si­ca uni­fi­ca­da y rigu­ro­sa. Como suce­día en casi todos los demás sis­te­mas reli­gio­sos y filo­só­fi­cos de la India, el pro­pó­si­to sub­ya­cen­te de la meta­fí­si­ca de los Yoga­sū­tras era resol­ver el pro­ble­ma de la exis­ten­cia del sufri­mien­to. Y, como la mayo­ría de esos otros sis­te­mas, los Yoga­sū­tras veían la men­te como la cau­sa y la solu­ción poten­cial a ese pro­ble­ma. Debi­do a que la men­te está ape­ga­da y es adic­ta al ego y al cuer­po mate­rial car­ga­do de muer­te con el que se iden­ti­fi­ca, está cie­ga a la ver­da­de­ra iden­ti­dad del Yo, que es inmor­tal y sin res­tric­cio­nes. Sin embar­go, si la men­te pue­de sepa­rar­se del cuer­po y los sen­ti­dos, y hacer que se vuel­va hacia aden­tro, hacia el Yo lumi­no­so, pue­de libe­rar­se de sus hábi­tos dis­fun­cio­na­les. El prin­ci­pal medio para lograr este fin es la medi­ta­ción, y el méto­do de medi­ta­ción de los Yoga­sū­tras sigue muy de cer­ca a los que se encuen­tran en obras ante­rio­res budis­tas, jai­nis­tas e hindúes.

         Si bien la mayor par­te de los Yoga­sū­tras son una dis­qui­si­ción sobre la natu­ra­le­za del uni­ver­so y el Ser, el fun­cio­na­mien­to de la men­te y el camino a la sal­va­ción, tam­bién con­tie­ne ele­men­tos prác­ti­cos y «sobre­na­tu­ra­les» que refle­jan los desa­rro­llos con­tem­po­rá­neos, tan­to en el budis­mo como en el jai­nis­mo, y anti­ci­pan sis­te­mas pos­te­rio­res de yoga. En este pun­to, la pre­sen­ta­ción de Pata­ñ­ja­li del yoga de ocho par­tes (ashtānga) pue­de con­tras­tar­se con un con­jun­to alter­na­ti­vo de prác­ti­cas cono­ci­das como yoga de seis par­tes (sha­dan­ga). 📌 Ambos sis­te­mas tie­nen cin­co com­po­nen­tes en común: las eta­pas pro­gre­si­vas de con­trol de la res­pi­ra­ción (prā­nā­yā­ma), la reti­ra­da de los sen­ti­dos (prat­yāhā­ra), medi­ta­ción (dhāranā), fijar la men­te (dhyā­na) y con­tem­pla­ción per­fec­ta (samādhi). Lo que dis­tin­gue a los dos es la inser­ción de pos­tu­ras sen­ta­das (āsana) en los Yoga­sū­tras, en el lugar de la inda­ga­ción racio­nal (tar­ka) o el recuer­do (anusm­ri­ti) en el sis­te­ma séx­tu­ple. Ade­más, los Yoga­sū­tras ponen en pri­mer plano a este gru­po de seis con dos ele­men­tos de prác­ti­ca éti­ca: las res­tric­cio­nes inter­nas y exter­nas (yama y niya­ma). Los cua­les pue­den haber sido ins­pi­ra­dos por votos monás­ti­cos jai­nis­tas de una épo­ca ante­rior; es más, las pri­me­ras obras jai­nis­tas tam­bién pre­sen­tan el camino a la libe­ra­ción como un camino ascen­den­te de esta­dos medi­ta­ti­vos cada vez más pro­fun­dos. 📌

         Casi la tota­li­dad del ter­cer libro de los Yoga­sū­tras está dedi­ca­da a los lla­ma­dos «pode­res sobre­na­tu­ra­les» (vibhū­ti) adqui­ri­dos a tra­vés de la prác­ti­ca del yoga. Estos inclu­yen el poder de cono­cer vidas pasa­das, leer la men­te de las per­so­nas, entrar en los cuer­pos de otras cria­tu­ras y volar. 📌 De acuer­do con la meta­fí­si­ca de los Yoga­sū­tras, son habi­li­da­des com­ple­ta­men­te natu­ra­les, inse­pa­ra­bles de un prac­ti­can­te cuyas fun­cio­nes men­ta­les se han expan­di­do más allá de las posi­bi­li­da­des y lími­tes del cuer­po físi­co. Se encuen­tran rela­tos idén­ti­cos de este tipo de pode­res en la lite­ra­tu­ra budis­ta tem­pra­na y pos­te­rior hin­duis­ta, que tam­bién corre­la­cio­nan la toma de con­cien­cia en un nivel cog­ni­ti­vo con un ascen­so visio­na­rio real a tra­vés de rei­nos en cons­tan­te expan­sión del espa­cio cós­mi­co. 📌 Otras fuen­tes hin­dúes, budis­tas y jai­nis­tas tam­bién se refie­ren a la capa­ci­dad de los prac­ti­can­tes de yoga para imi­tar los pode­res de los dio­ses y los Budas, cuyos cuer­pos cós­mi­cos lle­nan todo el uni­ver­so. 📌

Yoga tán­tri­co y Hatha-yoga

         Dos siglos des­pués de los Yoga­sū­tras, sur­gió una nue­va corrien­te de pen­sa­mien­to reli­gio­so en los círcu­los budis­tas e hin­dúes del sur de Asia. Las escri­tu­ras lla­ma­das Tan­tras iden­ti­fi­ca­ron la auto­dei­fi­ca­ción y el poder sobre­na­tu­ral como las metas de la vida reli­gio­sa, emplean­do «yoga» como un tér­mino gene­ral para toda la gama de prác­ti­ca tán­tri­ca. 📌 Un medio para lograr este fin fue a tra­vés de un pro­ce­so trans­for­ma­dor en el que los prac­ti­can­tes mas­cu­li­nos apro­ve­cha­ron y se apro­pia­ron de la ener­gía ili­mi­ta­da de lo feme­nino divino. (fig. 4⬇︎).

Fig. 4 Buddha sen­ta­do. Afgha­nis­tan or Pakis­tan, Gandha­ra, pro­bably Had­da, 1st century–320. Cle­ve­land Museum of Art.

         Según varias escri­tu­ras tán­tri­cas, esta ener­gía inte­rior se con­cen­tra­ba en los flui­dos sexua­les de las muje­res, que encar­na­ban el poder crea­ti­vo de la gran Dio­sa. Se les cono­cía como Yogui­nis, men­sa­je­ros feme­ni­nos (Dūtīs), Madres, Gran­des Sellos (Mahā-mudrās) o sim­ple­men­te Dio­sas. 📌 En la ini­cia­ción y otros ritos tán­tri­cos, los sacra­men­tos prin­ci­pa­les —a menu­do con­su­mi­dos por los prac­ti­can­tes en ritua­les noc­tur­nos de cre­ma­ción— eran el alcohol, la car­ne y los flui­dos sexua­les pro­du­ci­dos a tra­vés del sexo ritua­li­za­do. 📌

         Con el tiem­po, estas prác­ti­cas ritua­les se inter­na­li­za­ron, y las con­sor­tes feme­ni­nas del prac­ti­can­te tán­tri­co se con­vir­tie­ron en dio­sas de su cuer­po sutil. 📌  En las obras hin­dúes, estas múl­ti­ples dio­sas tán­tri­cas se fusio­na­ron en una ener­gía ser­pen­ti­na lla­ma­da con mayor fre­cuen­cia Kun­da­li­nī (la que está enros­ca­da). 📌 Los prac­ti­can­tes inno­va­ron gra­dual­men­te el cuer­po de téc­ni­cas cono­ci­das como hatha-yoga: 📌 a tra­vés de una com­bi­na­ción de pos­tu­ras fijas, con­trol de la res­pi­ra­ción, cerra­du­ras (bandhas) y sellos (mudrās), el hatha­yo­gui trans­for­mó su cuer­po en un her­mé­ti­co sis­te­ma den­tro del cual la res­pi­ra­ción, la ener­gía y los flui­dos fue­ron esta­bi­li­za­dos y for­za­dos hacia arri­ba a tra­vés del canal cen­tral del cuer­po yógui­co sutil. Enla­zar esto con todas las for­mas ante­rio­res de prác­ti­ca yógui­ca fue su resul­ta­do final: pode­res sobre­na­tu­ra­les, inclui­dos el poder del vue­lo y la inmor­ta­li­dad corporal.

         Si bien hay varias lec­tu­ras posi­bles para la pala­bra hatha, 📌 la más plau­si­ble es la que deno­ta la «fuer­za» de sus prác­ti­cas para efec­tuar la trans­for­ma­ción del cuer­po. 📌 Los tra­ba­jos téc­ni­cos fun­da­cio­na­les más impor­tan­tes sobre el tema se atri­bu­yen a una figu­ra del siglo XII lla­ma­da Goraksha o Gorakh­nāth. Estos inclu­yen tra­ta­dos en sáns­cri­to y un cor­pus ver­nácu­lo de poe­sía mís­ti­ca sobre la expe­rien­cia yógui­ca. 📌

Yoguis

          Según la tra­di­ción, Gorakh­nāth fun­dó la orden ascé­ti­ca cono­ci­da como los Nāths (Seño­res). 📌 En sus poe­mas, sim­ple­men­te se refie­re a sí mis­mo y a sus segui­do­res como yoguis, y tan­to él como sus com­pa­ñe­ros yoguis fue­ron par­tí­ci­pes de una rica tradición.

Fig. 5 El Rey Suraghu visi­ta Man­dav­ya, folio del Yoga Vasish­ta. India, Uttar Pra­desh, Allaha­bad, Mughal dynasty, 1602. Ches­ter Beatty Library

         Mucho antes de la épo­ca de Gorakh­nāth, varias obras tem­pra­nas e impor­tan­tes —inclui­das la Bha­ga­vad­gī­tā, Mai­tri Upa­nishad, Yoga­sū­tras, Yoga Vasishtha y una obra jai­nis­ta titu­la­da The Bhak­tis 📌— habían emplea­do el tér­mino yogui para indi­car el suje­to o agen­te ideal de la prác­ti­ca del yoga. En estas obras, el yogui fue retra­ta­do como una per­so­na que encar­na amplia­men­te las vir­tu­des de los tipos con­ven­cio­na­les de prác­ti­ca de yoga: medi­tar, renun­ciar, vagar y bus­car a Dios en su inte­rior (fig. 5⬆︎). Ésta es la ima­gen que la mayo­ría de la gen­te moder­na tie­ne de los yoguis de la India: hom­bres san­tos pací­fi­cos y medi­ta­ti­vos, que viven en armo­nía con la natu­ra­le­za en ermi­tas y cue­vas y en las cimas de las mon­ta­ñas. Sin embar­go, con el adve­ni­mien­to del Tan­tra, esta ima­gen idea­li­za­da del yogui fue reem­pla­za­da por una más oscu­ra, que ha per­sis­ti­do has­ta el día de hoy en las zonas rura­les de Asia meri­dio­nal. 📌

         En la lite­ra­tu­ra de fan­ta­sía y aven­tu­ras del sur de Asia medie­val, las con­sor­tes de los yoguis tán­tri­cos, a menu­do lla­ma­das yogui­nis, fue­ron ele­gi­das como sus aman­tes, y sus ritos se des­cri­bie­ron como orgías al por mayor que tenían lugar en los ritua­les de cre­ma­ción en la oscu­ri­dad de la noche: «Yoguis, borra­chos de alcohol, caen sobre el pecho de las muje­res; las yogui­nis, tam­ba­leán­do­se por el licor, caen sobre el pecho de los hom­bres.» 📌 Sin embar­go, esto era un jue­go peli­gro­so, por­que, como los mis­mos tex­tos tán­tri­cos afir­man sin ambi­güe­da­des, las per­so­nas que no esta­ban facul­ta­das por las ini­cia­cio­nes tán­tri­cas para aso­ciar­se con ellos gene­ral­men­te se vol­vían «comi­da para los yogui­nis». Estas yogui­nis se iden­ti­fi­ca­ban gene­ral­men­te con las cria­tu­ras de los cemen­te­rios, no muje­res huma­nas en abso­lu­to, sino cha­ca­les carro­ñe­ros y bui­tres que devo­ra­ban los cuer­pos de los muer­tos, cuya car­ne ali­men­ta­ba sus pode­res para volar. Sin embar­go, a tra­vés de su ini­cia­ción, el yogui tán­tri­co se trans­for­mó en un «segun­do Shi­va», 📌 quien, como el gran dios mis­mo, pudo con­tro­lar las hor­das de yogui­nis que for­ma­ban su maca­bro séqui­to. Más que esto, pudo ver a tra­vés de sus horri­bles apa­ri­cio­nes y visua­li­zar­las como encar­na­cio­nes de la con­sor­te divi­na de Shi­va, la her­mo­sa y terri­ble dio­sa Bhai­ra­vi. 📌 Una nota­ble pin­tu­ra mogol de 1630 pare­ce repre­sen­tar tal trans­for­ma­ción (fig.6⬇︎). En un cam­po de cre­ma­ción, un yogui tán­tri­co (cuya trans­for­ma­ción en un «segun­do Shi­va» está insi­nua­da por el res­plan­dor de la luna cre­cien­te que rodea su cabe­za) se mues­tra pro­nun­cian­do man­tras, repre­sen­ta­dos por la boca­na­da de lla­mas que emi­te por su boca. A tra­vés de su man­tra, la dio­sa Bhai­ra­vi, que pre­via­men­te había fre­cuen­ta­do el lugar de cre­ma­ción en la for­ma de uno de los cha­ca­les repre­sen­ta­dos en el pri­mer plano, se le mues­tra en su ver­da­de­ra for­ma, como una dio­sa-semen-yogui­ni des­lum­bran­te, aun­que horri­ble. Aquí, el artis­ta ha ador­na­do inge­nio­sa­men­te el cabe­llo de Bhai­ra­vi con pun­tas de fle­cha para indi­car su trans­for­ma­ción con un cha­cal, cuyas ore­jas pun­tia­gu­das imitan.

Fig. 6 La Dio­sa Bhai­ra­vi Devī con Shi­va (deta­lle). Atri­bui­do a Payag. India, Mughal dynasty, ca. 1630–35. The Metro­po­li­tan Museum of Art.

         A menu­do, se des­cri­bía a los yoguis tán­tri­cos como acu­mu­la­do­res de pode­res mun­da­nos a expen­sas de otras per­so­nas. Un rela­to pres­crip­ti­vo de esta prác­ti­ca, lla­ma­do «yoga sutil», se encuen­tra en el Netra Tan­tra, un Tan­tra hin­dú del siglo IX, cuyo comen­ta­rio del siglo XI afir­ma que una per­so­na «se con­vier­te en un yogui cuan­do sus acti­vi­da­des resul­tan del [o con­trol sobre el] movi­mien­to de cada miem­bro de la per­so­na [cuyo cuer­po ha sido] inva­di­do por él.» 📌 Nada más ni menos que una serie de téc­ni­cas para entrar y apo­de­rar­se de los cuer­pos de otras per­so­nas, la teo­ría y la prác­ti­ca del yoga sutil fusio­na­ron las ense­ñan­zas de los Yoga­sū­tras con las cons­truc­cio­nes tán­tri­cas del cuer­po sutil. Por un lado, los Yoga­sū­tras auto­ri­za­ron tales prác­ti­cas, 📌 y por otro, las ener­gías y cana­les del cuer­po sutil las hicie­ron téc­ni­ca­men­te posi­bles. Si bien tales pode­res podrían usar­se para el bien, para ini­ciar y, por tan­to, ase­gu­rar la sal­va­ción de un nova­to tán­tri­co, se des­cri­bie­ron con mayor fre­cuen­cia como una téc­ni­ca depre­da­do­ra. 📌

         Sin duda debi­do a la noto­rie­dad de tales prác­ti­cas, el yogui tán­tri­co se con­vir­tió en una figu­ra común en la lite­ra­tu­ra medie­val, inter­pre­tan­do al mal­va­do mago villano que obra­ba sus nefas­tos pro­pó­si­tos en reyes, prín­ci­pes y don­ce­llas ino­cen­tes, pero que al final fue des­pre­cia­do por su pro­pia mal­dad. (figu­ra 7⬇︎). Inclu­so hoy en día, los padres de las zonas rura­les de Asia meri­dio­nal pue­den rega­ñar a los niños tra­vie­sos con las pala­bras: «Sé bueno o ven­drá el yogui y te llevará.»

Fig. 7 Fes­tín Tán­tri­co. India, Hima­chal Pra­desh, Nur­pur, ca. 1790. Los Ange­les County Museum of Art.

Yoga y yoguis en el mun­do moderno

         Antes del siglo XIX, cuan­do los explo­ra­do­res y edi­fi­ca­do­res de impe­rios euro­peos comen­za­ron a cono­cer la pro­fun­di­dad filo­só­fi­ca del yoga, la mayo­ría de los escri­to­res occi­den­ta­les des­cri­bie­ron a los yoguis y faqui­res que encon­tra­ron como dege­ne­ra­dos que se dedi­ca­ban a exce­sos sexua­les o como mer­ce­na­rios por­ta­do­res de armas. De hecho, en el siglo XVIII, los «asce­tas» arma­dos for­ma­ban la mayor par­te del mer­ca­do labo­ral mili­tar del nor­te de la India. Varios gene­ra­les de estos ejér­ci­tos se auto­de­no­mi­na­ron como Shi­va, el Señor de los yoguis, o como el gue­rre­ro real des­cri­to en una cró­ni­ca medieval:

[A] lucien­do como el Señor de los yoguis, [él] se halla arma­do con una daga; sus insig­nias son un hacha en la mano, un alto tri­den­te y una capa de cue­ro. Con un mechón de pelo enma­ra­ña­do en la cabe­za, un cuerno musi­cal y ceni­zas de estiér­col de vaca, es com­ple­ta­men­te como Hara [Shi­va], el des­truc­tor de todo. Con una voz pode­ro­sa gime y con su ojo extra­ño espar­ce masas de fue­go. En su trono se le pue­de ver [sen­ta­do] en medio de su pro­pia con­gre­ga­ción [de yoguis], por­tan­do sobre su cabe­za la luna con el néc­tar de los inmor­ta­les. 📌 

Una pin­tu­ra del siglo XVII del Dec­can retra­ta a un gue­rre­ro con esa apa­rien­cia, con la túni­ca de reta­zos de un yogui (aun­que fina­men­te con­fec­cio­na­da en la ima­gen), con la piel de tigre y el halo de la luna cre­cien­te que indi­ca su iden­ti­dad con Shi­va (fig.8⬇︎). Tan pode­ro­sos eran estos asce­tas arma­dos que, a lo lar­go de las últi­mas déca­das del siglo XVIII, los bri­tá­ni­cos se vie­ron enfren­ta­dos a una insur­gen­cia yogui que lle­ga­ría a cono­cer­se como la rebe­lión de los Faqui­res y Sann­ya­sis. 📌

Fig. 8 Un Ascé­ti­co Real. India, Kar­na­ta­ka, posi­ble­men­te Bija­pur, aprox. 1660. Bri­tish Library.

         Duran­te gran par­te del siglo XVIII, la Com­pa­ñía Bri­tá­ni­ca de las Indias Orien­ta­les tam­bién se vio obs­ta­cu­li­za­da por los yoguis en sus inten­tos de regu­lar y con­tro­lar el comer­cio del nor­te de la India. Los cár­te­les de asce­tas y mer­ce­na­rios hin­dúes explo­ta­ron su con­di­ción de «hom­bres san­tos» para trans­for­mar las rutas de pere­gri­na­je en redes de comer­cio; en la déca­da de 1780, los yoguis se habían con­ver­ti­do en los prin­ci­pa­les pres­ta­mis­tas y pro­pie­ta­rios de varios cen­tros comer­cia­les del nor­te de la India. Algu­nos tra­du­je­ron su influen­cia eco­nó­mi­ca en domi­nio polí­ti­co. En 1768, los yoguis Nāth, inter­me­dia­rios del poder, fue­ron fun­da­men­ta­les para la uni­fi­ca­ción de Nepal y la fun­da­ción de la dinas­tía Gurkha (lla­ma­da así por Gorakh­nāth). 📌 En 1803, los Nāth Yogis hicie­ron lo mis­mo en Jodh­pur, en el oes­te de la India, superan­do a los bri­tá­ni­cos en el pro­ce­so. 📌

         En 1823, el orien­ta­lis­ta bri­tá­ni­co Henry Tho­mas Cole­broo­ke «des­cu­brió» los Yoga­sū­tras y, con él, el fun­da­men­to tex­tual de las tra­di­cio­nes del yoga de la India. Sie­te déca­das des­pués, Swa­mi Vive­ka­nan­da intro­du­jo el yoga a las masas occi­den­ta­les como «una de las cien­cias más gran­dio­sas», la cual casi se había per­di­do para el mun­do a tra­vés de las maqui­na­cio­nes de los yoguis tán­tri­cos, «que lo con­vir­tie­ron en un secre­to [para guar­dar] los pode­res para sí mis­mos.» 📌

         Con la sepa­ra­ción entre el yoga indio y los yoguis de la India, las puer­tas se abrie­ron al nue­vo mun­do de la sub­cul­tu­ra del yoga moderno.

David Gor­don White
Tra­duc­ción de Javi Gobinde


David Gor­don Whi­te, PhD, es pro­fe­sor de estu­dios reli­gio­sos en la Uni­ver­si­dad de Cali­for­nia, San­ta Bár­ba­ra. Sus publi­ca­cio­nes más cono­ci­das son: Yoga in Prac­ti­ce (2011), Kiss of the Yogi­nī: «Tan­tric Sex» in its South Asian Con­texts (2003), Tan­tra in Prac­ti­ce (2000) y The Alche­mi­cal Body: Siddha Tra­di­tions in Medie­val India (1996).


Este artícu­lo se publi­có en inglés en la obra Yoga: The Art of Trans­for­ma­tion, by Debra Dia­mond. Published by the Freer Gallery of Art and the Arthur M. Sac­kler Gallery on the occa­sion of the exhi­bi­tion Yoga: The Art of Trans­for­ma­tion, Octo­ber 19, 2013–January 26, 2014. Orga­ni­zed by the Arthur M. Sac­kler Gallery, the exhi­bi­tion tra­vels to the Asian Art Museum of San Fran­cis­co, February 22–May 18, 2014, and the Cle­ve­land Museum of Art.
June 22– Sep­tem­ber 7, 2014.

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