Leyen­do los Yogasūtras en el siglo XXI DESAFÍOS MODER­NOS, ESTRA­TE­GIAS ANTI­GUAS David Gor­don White


En los Esta­dos Uni­dos, don­de apro­xi­ma­da­men­te trein­ta y sie­te millo­nes de per­so­nas asis­ten regu­lar­men­te a cla­ses de yoga, ha habi­do una ten­den­cia cre­cien­te a regu­lar la capacitación de las per­so­nas que enseñan en los miles de cen­tros y estu­dios de yoga de todo el país. A menu­do, la for­ma­ción del pro­fe­so­ra­do inclu­ye el estu­dio obli­ga­to­rio de los Yogasūtras de Patañjali. Esto es cuan­to menos curio­so, pues­to que los Yogasūtras son tan rele­van­tes para el yoga tal como se enseña y se prac­ti­ca hoy en día, como lo sería estu­diar el fun­cio­na­mien­to de un sis­te­ma de combustión para con­du­cir un automóvil.

Por tan­to, la pre­gun­ta que debería hacer­se es: ¿por qué? ¿Por qué debe­ría una sar­ta (esto es lo que sig­ni­fi­ca real­men­te la pala­bra sūtra en sánscrito, el idio­ma de los Yogasūtras) de 195 oscu­ros afo­ris­mos, com­pi­la­dos en los pri­me­ros siglos de nues­tra era, exi­gir­se a los ins­truc­to­res de yoga del siglo XXI? ¿Qué podría un tra­ta­do arcai­co sobre la con­se­cu­ción de la libe­ra­ción a través de la cog­ni­ción ver­da­de­ra, tener que ver con el yoga pos­tu­ral moderno, es decir, el con­jun­to de pos­tu­ras, esti­ra­mien­tos y ejer­ci­cios de respiración que hoy día lla­ma­mos yoga (sobre el cual los Yogasūtras tie­nen prácticamente poco que decir)? La res­pues­ta obvia, dirán algu­nos, se halla en el título de la obra de Patañjali: ¿de qué pue­den tra­tar los Yogasūtras, si no de yoga?

Yoga ha sido una pala­bra trans­na­cio­nal duran­te más de 200 años. El misio­ne­ro francés Gas­ton-Lau­rent Coeur­doux1Murr 1987, 1: 123. com­pa­ró el «yogam» de los yoguis de la India con la «contemplación» a media­dos del siglo XVIII (aun­que sus escri­tos no se publi­ca­ron —pla­gia­ron sería un término más pre­ci­so2Murr 1987, 2: 1– 64.— has­ta 1816). En su traducción de 1785 de la Bha­ga­vad-gitā, el orien­ta­lis­ta británico Char­les Wil­kins no pro­por­cionó tra­duc­cio­nes para las pala­bras «Yog» o «Yogee», por razo­nes que se aclararán más ade­lan­te en este libro. «Der Joga» ha sido un tér­mino ale­mán duran­te más de un siglo, «il yoga» un tér­mnio ita­liano, y así suce­si­va­men­te. Por supues­to, el yoga es ori­gi­nal­men­te una pala­bra sánscrita, por lo que uno podría pen­sar que sería sufi­cien­te abrir un dic­cio­na­rio sánscrito para saber lo que el yoga debe­ría sig­ni­fi­car. Des­de su publicación en 1899, el Dic­cio­na­rio Sánscrito-Inglés de Sir Monier Monier-Williams, ha sido el tra­ba­jo de refe­ren­cia estándar al que tan­to estu­dian­tes de idio­mas de pri­mer año como académicos expe­ri­men­ta­dos han recu­rri­do para las tra­duc­cio­nes de pala­bras sánscritas. ¿Y qué es lo que encon­tra­mos cuan­do vamos a la entra­da «yoga» de esta obra? Con una lon­gi­tud apro­xi­ma­da de 2.500 pala­bras, es sin duda una de las entra­das más copio­sas de todo el dic­cio­na­rio, ocu­pan­do has­ta cua­tro colum­nas impre­sas. Seten­ta y dos de esas pala­bras des­cri­ben el uso del término «yoga» en relación con los Yogasūtras. Esto es lo que dicen:

Aplicación o concentración del pen­sa­mien­to, contemplación abs­trac­ta y abstracción men­tal prac­ti­ca­da como un sis­te­ma (tal como lo enseñó Patañjali en su filosofía del Yoga; este es el segun­do de los dos sis­te­mas sāmkh­ya, cuyo obje­ti­vo prin­ci­pal es reve­lar los medios por los cua­les el espíritu humano pue­de lograr una unión com­ple­ta con Īsh­va­ra o Espíritu Supre­mo; en la práctica de la auto-concentración está estre­cha­men­te rela­cio­na­do con el Budis­mo).3Sir Monier Monier-Williams, Dic­cio­na­rio Sánscrito-Inglés: Etimológicamente y filológicamente orde­na­do con una refe­ren­cia espe­cial a las len­guas indo­euro­peas cog­na­das (Lon­dres: Oxford Uni­ver­sity Press, 1899; reimpresión, Delhi: Moti­lal Banar­si­dass, 1984), 856–57.

Hay al menos un error en esta definición, al cual vol­ve­ré más ade­lan­te, pero antes un poco más sobre el sig­ni­fi­ca­do gene­ral de yoga.4A lo lar­go de este libro, escri­bi­ré con mayúscula la pala­bra «Yoga» cuan­do me refie­ro al Yoga como un sis­te­ma filosófico, mien­tras que usa­ré el «yoga» en minúsculas para todos los demás usos del término. De acuer­do con los prin­ci­pios orga­ni­za­ti­vos de los dic­cio­na­rios de este tipo, el de Monier-Williams comien­za su entra­da de yoga con sus acep­cio­nes más anti­guas y uti­li­za­das, antes de pasar a usos más tardíos y res­trin­gi­dos. En este orde­na­mien­to, su definición de Yoga apa­re­ce sólo después de una lar­ga enumeración de defi­ni­cio­nes más gene­ra­les, que, repro­du­ci­da aquí, se lee como una lis­ta que el pro­pio Jor­ge Luis Bor­ges podría haber soñado para su «Biblio­te­ca de Babel»:

Yoga: acto de uncir, jun­tar, engan­char, enjae­zar, poner a (los caba­llos); yugo, tiro, vehículo, trans­por­te; empleo, uso, aplicación, desempeño; equi­pa­mien­to o disposición (de un ejército); fijación (de una fle­cha en la cuer­da del arco); poner­se (la arma­du­ra); reme­dio, cura; medio, expe­dien­te, dis­po­si­ti­vo, for­ma, mane­ra, método; pro­ce­di­mien­to sobre­na­tu­ral, encan­to, con­ju­ro, arte de magia; tru­co, estra­ta­ge­ma, frau­de, engaño; empre­sa, nego­cio, tra­ba­jo; adquisición, ganan­cia, lucro, rique­za, pro­pie­dad; ocasión, opor­tu­ni­dad; cual­quier unión, alian­za, combinación, con­tac­to con; mez­cla de diver­sos mate­ria­les, ama­si­jo; par­ti­ci­par, poseer; tra­ma, relación (como con­se­cuen­cia de, por razón de, según, a través de); mon­ta­je, estruc­tu­ra, disposición, sucesión regu­lar; enca­jar, apti­tud, pro­pie­dad, ido­nei­dad (ade­cua­da­men­te, debi­da­men­te, jus­ta­men­te, de la mane­ra correc­ta); esfuer­zo, aplicación, celo, dili­gen­cia, indus­tria, cui­da­do, atención (enérgicamente, asiduamente) …

Antes de dejar a Sir Monier atrás, debe notar­se que las pos­tu­ras, los esti­ra­mien­tos y la respiración no se encuen­tran en nin­gu­na par­te aquí (aun­que sí los cita en la definición de hatha-yoga, en una entra­da sepa­ra­da). Con todo ello, vol­va­mos a nues­tra pre­gun­ta ori­gi­nal de: ¿por qué —cuan­do la definición de los «Yogasūtras» sobre yoga no es espe­cial­men­te pre­ma­tu­ra o impor­tan­te, y cuan­do los con­te­ni­dos de los Yogasūtras están casi des­pro­vis­tos de discusión sobre pos­tu­ras, esti­ra­mien­tos y respiración, mien­tras que doce­nas de otras obras en sánscrito con «yoga» en sus títulos están dedi­ca­das pre­ci­sa­men­te a tales prácticas— por qué pues, la instrucción en los Yogasūtras debería ser pre­cep­ti­va para los ins­truc­to­res de yoga en la actualidad?

Pode­mos comen­zar por ubi­car esta apropiación moder­na de la obra de Patañjali en su con­tex­to histórico. Des­de el momen­to de su composición, los Yogasūtras han sido inter­pre­ta­dos por tres gru­pos prin­ci­pa­les: por los comen­ta­ris­tas indios clásicos de los Yogasūtras; por eru­di­tos críticos moder­nos; y por los miem­bros de la sub­cul­tu­ra del yoga de hoy en día, inclu­yen­do gurús y sus segui­do­res. Un cuar­to gru­po, que curio­sa­men­te bri­lla aquí por su ausen­cia, también debería men­cio­nar­se: los yoguis. Pero por razo­nes que vere­mos, las per­so­nas tra­di­cio­nal­men­te cono­ci­das como «yoguis» prácticamente no han teni­do interés ni han sen­ti­do atrac­ción por los Yogasūtras y la filosofía del Yoga.

Una cla­ra línea de falla divi­de los gru­pos que aca­ba­mos de men­cio­nar. Por un lado, los eru­di­tos críticos moder­nos —que leen los Yogasūtras como una obra filosófica— se ocu­pan casi exclu­si­va­men­te de los comen­ta­ris­tas clásicos y sus lec­tu­ras de los afo­ris­mos de los Yogasūtras. Por otro, hay adep­tos a la sub­cul­tu­ra moder­na del yoga que gene­ral­men­te leen los Yogasūtras como una guía para su práctica pos­tu­ral, pero cuya comprensión de la obra no se refle­ja a través de los comen­ta­rios clásicos, sino a través de las escri­tu­ras hindúes. Me estoy refi­rien­do prin­ci­pal­men­te al Mahābhārata y a los Purā­nas («Libros Anti­guos»), vas­tas enci­clo­pe­dias medie­va­les del pen­sa­mien­to y la práctica hin­dú. Como tales, estos uni­ver­sos para­le­los de interpretación con­ver­gen en un sólo pun­to; ese pun­to es lo que Patañjali deno­minó la «práctica en ocho eta­pas»5Yogasūtras 2.29 (astav anga­ni). (ash­tān­ga-yoga), su guía paso a paso hacia la meditación. Sin embar­go, la consideración de los gru­pos hacia ese lugar no ha sido unánime, en el sen­ti­do de que tan­to los comen­ta­ris­tas clásicos como los eru­di­tos críticos han juz­ga­do que esta es la par­te menos sig­ni­fi­ca­ti­va de los Yogasūtras, mien­tras que la sub­cul­tu­ra moder­na del yoga se ha cen­tra­do casi exclu­si­va­men­te en la práctica de los ocho pasos. Como vere­mos en el siguien­te capítulo, la mayoría de los rela­tos bíblicos de la práctica en ocho eta­pas en reali­dad sub­vir­tie­ron las enseñanzas de Patañjali, con­tri­bu­yen­do a la vir­tual extinción del Yoga como un sis­te­ma filosófico via­ble para el siglo XVI. Más tar­de —a través de una serie de pere­gri­nas siner­gias— el yoga sur­gió de sus ceni­zas a fina­les del siglo XIX, para con­ver­tir­se en un obje­to de cul­to para gran par­te de la sub­cul­tu­ra del yoga moderno.

A dife­ren­cia del Mahābhārata y los Purā­nas —o reco­pi­la­cio­nes anónimas de la anti­gua sabiduría sagra­da hin­dú— los comen­ta­rios clásicos sobre los Yogasūtras son obras «fir­ma­das» por figu­ras históricas. La mayoría de los eru­di­tos creen que el pri­me­ro de ellos, un tal Vyā­sa, escri­bió su comen­ta­rio en las mis­mas décadas en que apa­re­cie­ron los Yogasūtras. Sin embar­go, otros sos­tie­nen que vivió unos seis­cien­tos años más tar­de que Patañjali: vol­ve­re­mos a visi­tar la cuestión de las fechas de Vyā­sa en el capítulo final de este libro. Los otros comen­ta­rios prin­ci­pa­les de los Yogasūtras datan de entre los siglos IX y XVI; sin embar­go no se escri­bió ningún comen­ta­rio en defen­sa del sis­te­ma de Yoga has­ta pasa­do el siglo XII, lo cual pue­de tomar­se como un pun­to de inflexión tras el cual la escue­la comen­zó a decli­nar (qui­tan­do un leve «rena­ci­mien­to» del Yoga en el sur de la India entre los siglos XVI y XVIII).

Sabe­mos por sus escri­tos que los gran­des comen­ta­ris­tas clásicos eran indi­vi­duos bri­llan­tes y muy cul­ti­va­dos, posee­do­res de un com­ple­to cono­ci­mien­to del cau­dal de la tradición de la India. Casi todos eran filósofos y exper­tos docen­tes que, escri­bien­do en idio­ma sánscrito, inten­ta­ban desentrañar el sig­ni­fi­ca­do de los afo­ris­mos de Patañjali, así como defen­der el men­sa­je de sus lec­tu­ras con­tra los recla­mos de pen­sa­do­res y escue­las riva­les, que por enton­ces pro­li­fe­ra­ban mucho. Además de edu­car a sus alum­nos en cor­tes reales, liceos brahmánicos, ermi­tas, tem­plos y monas­te­rios, también par­ti­ci­pa­ban en deba­tes6King 1999, 44, 64. sobre las gran­des cues­tio­nes de la época, lle­van­do ade­lan­te una práctica que se remon­ta a los Vedas (1500–1000 a. C.), las fuen­tes más anti­guas de revelación hin­dú. Esto lo sabe­mos por­que muchos de sus comen­ta­rios con­ser­van un for­ma­to de deba­te, don­de se expo­nen las pers­pec­ti­vas de sus adver­sa­rios para lue­go refu­tar­las con sus pro­pios argu­men­tos. De este modo, los deba­tes se trans­for­ma­ban en asun­tos que cobra­ban vida y se pro­pa­ga­ban en estos con­tex­tos, «cuadriláteros filosóficos» cuyos ven­ce­do­res a menu­do eran recom­pen­sa­dos con rique­za, posición y gloria.

Cada gran tex­to en la India ha sido obje­to de uno o varios comen­ta­rios de este tipo. En términos gene­ra­les, eran tra­ta­dos alta­men­te técnicos don­de se ana­li­za­ban los términos y con­cep­tos pre­sen­ta­dos en las escri­tu­ras ori­gi­na­les, como los Vedas, las Upa­nishads, la Bha­ga­vad-gitā y otras prin­ci­pa­les obras filosóficas. Aquí, la seña de un buen comen­ta­ris­ta era su obje­ti­vi­dad, su capa­ci­dad para expre­sar sus pun­tos de vis­ta des­apa­sio­na­da­men­te sobre un tex­to a la luz, no sólo del len­gua­je del pro­pio tex­to en sí, sino también de otros comen­ta­rios que lo hubie­ran pre­ce­di­do. De esta mane­ra, los comen­ta­rios, además de ser trans­crip­cio­nes de deba­tes contemporáneos, eran con­ver­sa­cio­nes con su pro­pio pasa­do, don­de los pun­tos de discusión ante­rio­res eran ana­li­za­dos a través de un cui­da­do­so argu­men­to basa­do en pre­ce­den­tes. Si bien la innovación abier­ta es una rare­za en los comen­ta­rios clásicos, los con­tex­tos cam­bian­tes filosóficos y del mun­do real hacen que se pro­duz­can cam­bios gra­dua­les en los sig­ni­fi­ca­dos per­ci­bi­dos de las pala­bras y los con­cep­tos que se inter­pre­tan, de modo que con el tiem­po —y aquí estoy hablan­do no de cien­tos, si no de miles de años— el «pano­ra­ma gene­ral» de una obra dada es gra­dual­men­te alte­ra­do, a veces más allá del reconocimiento.

Uno encuen­tra una situación simi­lar en las tra­di­cio­nes legis­la­ti­vas occi­den­ta­les, lo que se cono­ce como revisión judi­cial en los Esta­dos Uni­dos. La revisión judi­cial supo­ne que las fuen­tes prin­ci­pa­les del sis­te­ma legal esta­dou­ni­den­se, el dere­cho con­sue­tu­di­na­rio inglés, la Car­ta Mag­na y, lo más impor­tan­te, la Constitución, for­man una tradición viva don­de los pre­ce­den­tes judi­cia­les se rein­ter­pre­tan a la luz de los con­tex­tos volu­bles del mun­do real. Los con­cep­tos fun­da­men­ta­les, como «liber­tad de expresión», «ciudadanía» y el «dere­cho a por­tar armas», se prue­ban una y otra vez de for­ma cons­tan­te a través de la revisión judi­cial, per­mu­tan­do inclu­so cuan­do siguen sien­do los mis­mos. Al igual que con la obra de Patañjali, no hay mane­ra de vol­ver a la «intención ori­gi­nal» de los redac­to­res de la Constitución, que es irre­le­van­te en cual­quier caso, por­que su mun­do no era el mis­mo que el nues­tro de hoy. En muchos aspec­tos, los estu­dio­sos de yoga críticos son los homólogos moder­nos de los comen­ta­ris­tas clásicos cuyos tra­ba­jos estu­dian. Duran­te los últimos cua­ren­ta años en par­ti­cu­lar, el estu­dio crítico sobre yoga se ha con­ver­ti­do en una indus­tria en cre­ci­mien­to en las aca­de­mias esta­dou­ni­den­ses y euro­peas. Para ser toma­do en serio en la aca­de­mia, el eru­di­to crítico debe tra­ba­jar con mate­rial de fuen­te pri­ma­ria, que en el caso de los Yogasūtras ha sig­ni­fi­ca­do no sólo los mis­mos sūtras sino también otras obras en sánscrito sobre yoga y sis­te­mas filosóficos alia­dos, y, lo más impor­tan­te, los comen­ta­rios clásicos de la obra. Aquí, la erudición crítica del yoga con­sis­te prin­ci­pal­men­te en la ardua tarea de ana­li­zar las for­mas en que las pala­bras y los con­cep­tos de los Yogasūtras se han inter­pre­ta­do a lo lar­go del tiem­po, espe­cial­men­te para des­cu­brir patro­nes de influen­cia y cam­bio. Lue­go sigue el pro­ce­so de la revisión crítica de ideas académicas en colo­quios académicos y median­te artículos de revis­tas, reseñas de libros, etc.

Un sig­ni­fi­ca­ti­vo número de estu­dio­sos de Yoga, prin­ci­pal­men­te nor­te­ame­ri­ca­nos, también han sido prac­ti­can­tes de yoga, y muchos, si no la mayoría de ellos, se invo­lu­cra­ron por pri­me­ra vez en el estu­dio de los Yogasūtras a través de su práctica per­so­nal. Muy a menu­do, sus lec­tu­ras de los Yogasūtras se ubicarán entre los estu­dio­sos críticos que no prac­ti­can y los miem­bros de la sub­cul­tu­ra más amplia del yoga. Un pun­to en el que estos académicos prac­ti­can­tes7Feuers­tein 1979, 34– 35; Chap­ple 2008, 219– 21. tien­den a estar en des­acuer­do con sus cole­gas que no prac­ti­can, se refie­re a la impor­tan­cia de Vyā­sa para una correc­ta comprensión de los Yogasūtras. Vyā­sa no sólo fue el más anti­guo, sino también el más cita­do de todos los comen­ta­ris­tas clásicos de los Yogasūtras. De hecho, la gran mayoría de los manus­cri­tos de los Yogasūtras exis­ten­tes con­tie­nen no sólo los 195 afo­ris­mos de la obra, sino también el comen­ta­rio inter­li­neal ori­gi­nal de Vyā­sa, lla­ma­do apro­pia­da­men­te «El Comen­ta­rio» (Bhāsh­ya). El hecho de que este tex­to requie­ra una «lla­ve maes­tra» es evi­den­te para cual­quie­ra que inten­te leer sus afo­ris­mos: los sūtras son tan com­pac­tos y oscu­ros que resul­tan incom­pren­si­bles sin una explicación adjun­ta. Para empe­zar, Patañjali uti­li­za varios términos técnicos en sánscrito en for­mas que son exclu­si­vas de los Yogasūtras. Además, el len­gua­je de los sūtras sue­le estar más cer­ca de lo que se ha deno­mi­na­do «sánscrito híbrido budis­ta»8Angot 2008, 24. —es decir, el sánscrito de las pri­me­ras escri­tu­ras budis­tas mahā­yā­na de los pri­me­ros siglos de nues­tra era— que del sánscrito clásico de casi todas las escri­tu­ras y comen­ta­rios hindúes.

Para com­pli­car aún más las cosas: ¡hay sólo cua­tro ver­bos9Angot 2008, 23. en toda la obra! Aquí es don­de el comen­ta­rio de Vyā­sa demues­tra ser un recur­so pre­cia­do. Las ora­cio­nes com­ple­tas requie­ren ver­bos, y Vyā­sa pro­por­cio­na ama­ble­men­te los ver­bos fal­tan­tes y mucho más. Esta no es una situación en abso­lu­to sin pre­ce­den­tes. En la India, el esti­lo aforístico de enseñanza tipo sūtra se ha emplea­do tra­di­cio­nal­men­te como arti­fi­cio mnemotécnico para reci­tar y rete­ner de memo­ria los prin­ci­pios cen­tra­les de un sis­te­ma filosófico o reli­gio­so deter­mi­na­do. Sin embar­go, sin el com­ple­men­to de la enseñanza de un gurú vivien­te o, en su defec­to, un comen­ta­rio escri­to, los afo­ris­mos a menu­do siguen sien­do impe­ne­tra­bles. Quién sabe si serían igual de enigmáticos para los comen­ta­ris­tas clásicos de los Yogasūtras. Sea como fue­re, el caso es que casi todos los comen­ta­rios sobre la obra son en reali­dad un sub-comen­ta­rio, es decir, un ane­xo que dis­cu­rre a par­tir de la interpretación «auto­ri­za­da» de Vyā­sa, más que sobre el tra­ba­jo de Patañjali en sí.

El comen­ta­rio de Vyā­sa sobre los Yogasūtras no fue, sin embar­go, com­ple­ta­men­te neu­tral o trans­pa­ren­te. De hecho lo basó en la metafísica de un sis­te­ma filosófico dife­ren­te, aun­que rela­cio­na­do, cono­ci­do como sāmkh­ya. Esto ha teni­do un efec­to incal­cu­la­ble en la mane­ra en que las per­so­nas han leído los Yogasūtras, ya que en reali­dad lo han esta­do leyen­do a través del comen­ta­rio de Vyā­sa cur­va­do por la len­te del sāmkh­ya. De mane­ra que gran par­te de lo que los lec­to­res con­si­de­ran el voca­bu­la­rio básico de los Yogasūtras10Angot 2008, 68, 89, 122. —pala­bras como purusha (lite­ral­men­te «el Hom­bre» o «Per­so­na», pero a menu­do tra­du­ci­da como «Espíritu»), pra­kri­ti («Natu­ra­le­za, Mate­ria, Mate­ria­li­dad», pala­bra feme­ni­na sánscrita), buddhi («inte­lec­to») y aham­kā­ra («ego»)— están vir­tual­men­te ausen­tes en la obra de Patañjali pero en cam­bio omni­pre­sen­tes en Vyā­sa, y tie­nen más de mil años de comen­ta­rios y estu­dios. Edwin Bryant ha resu­mi­do la situación en los siguien­tes términos:

Enton­ces, cuan­do habla­mos de la filosofía de Patañjali, lo que real­men­te que­re­mos decir (o deberíamos decir) es la comprensión de Patañjali según Vyā­sa: es Vyā­sa quien deter­minó el sig­ni­fi­ca­do de los abs­tru­sos sūtras de Patañjali, y todos los comen­ta­ris­tas pos­te­rio­res lo que desa­rro­lla­ron fue a Vyā­sa. No se pue­de exa­ge­rar si deci­mos que la filosofía del yoga es la filosofía de Patañjali tal como la entien­de y arti­cu­la Vyā­sa.112. Edwin Bryant, The Yogasutrās of Patan­ja­li (New York: North Point Press,2009), xxxviii.

Por dar un sólo ejem­plo de los pro­ble­mas que pre­sen­tan los Yogasūtras a cual­quie­ra que inten­te pene­trar en su sig­ni­fi­ca­do, pode­mos obser­var las for­mas en que las per­so­nas han tra­du­ci­do su impor­tan­te segun­do sūtra. Éste, una definición com­pac­ta de lo que es yoga por par­te de Patañjali, se com­po­ne de cua­tro pala­bras: yoga-cit­ta-vrit­ti-nirodha. Como de cos­tum­bre, no hay ver­bos en este sūtra, por lo que esta­mos en pre­sen­cia de una aposición: yoga = cit­ta + vrit­ti + nirodha. Aun­que «cit­ta» tie­ne una amplia gama de sig­ni­fi­ca­dos en sánscrito pri­mi­ti­vo, la traducción más ento­na­da aun­que no técnica del término sería «pen­sa­mien­to». En cuan­to a «vrit­ti», sig­ni­fi­ca «giro», y está rela­cio­na­da con el lexe­ma ‘vert’ de las pala­bras intro­ver­ti­do («vuel­to o gira­do hacia aden­tro») y extro­ver­ti­do («vuel­to o gira­do hacia afue­ra»), pero también inver­tir, sub­ver­tir, per­ver­tir, rever­tir, etc. Nirodha es un término que sig­ni­fi­ca «para­da, detención» o «restricción, moderación» en sánscrito. Por lo que una traducción sim­ple de yoga-cit­ta-vrit­ti-nirodha debería sonar algo así como «Yoga es la para­da de los giros del pen­sa­mien­to». Pero sim­ple no es la pri­me­ra pala­bra que vie­ne a la men­te cuan­do se ve las diver­sas for­mas en que ha deri­va­do éste y otros sūtras de la obra de Patañjali. A modo de ilustración, aquí hay una mues­tra de veintidós de entre las muchas tra­duc­cio­nes al inglés rea­li­za­das por eru­di­tos críticos, gurús del yoga y otros entre esas cua­tro pala­bras. Hay que tener en cuen­ta que sal­vo cua­tro excep­cio­nes (tra­duc­cio­nes 8, 10, 15 y 17), el orden de las pala­bras de las tra­duc­cio­nes al inglés es yoga-nirodha-vrit­ti-cit­ta:

De todas, es la quin­ta, la de Bár­ba­ra Sto­ler Miller, la que más se acer­ca a la lec­tu­ra «lite­ral» de las pala­bras del afo­ris­mo. En tan­to que otras ver­sio­nes deben leer­se más como inter­pre­ta­cio­nes que como tra­duc­cio­nes, uno podría —en un siglo de la infor­ma­ción don­de la opi­nión se con­fun­de a menu­do con el cono­ci­mien­to— incli­nar­se a mez­clar y com­bi­nar dife­ren­tes colum­nas con la espe­ran­za de alcan­zar algu­na suer­te de acuer­do, una «defi­ni­ción pata­ñ­ja­lia­na de Yoga por con­sen­so». Así, por ejem­plo, se podría, al com­bi­nar a9 + b21 + c11 + d7, pro­po­ner lo siguien­te: «El yoga es el silen­cio géli­do de la [iden­ti­fi­ca­ción erró­nea con] las modi­fi­ca­cio­nes de la con­cien­cia ordi­na­ria». O, toman­do otro rum­bo, a12 + b4 + c22 + d15 arro­ja­rían: «El yoga es el cie­rre del carác­ter [moral] del pen­sa­mien­to dan­do vuel­tas en círcu­los». Sobre la base de este ejer­ci­cio no total­men­te cien­tí­fi­co, es segu­ro con­cluir que la pro­sa de Pata­ñ­ja­li abre una vía para toda una diso­nan­cia de inter­pre­ta­cio­nes, capa­ces de hacer explo­tar los tím­pa­nos de los bus­ca­do­res más ave­za­dos cada vez que quie­ran hallar un sig­ni­fi­ca­do autén­ti­co en sus can­tos sagra­dos. Qui­zás Swa­mi Shan­ka­ra­nan­da ejem­pli­fi­que12Aran­ya 1983, unnum­be­red page bet­ween table of con­tents and p. vii. más este extre­mo en un poe­ma suyo que apa­re­ce en el pre­fa­cio de la exce­len­te Yoga, Phi­lo­sophy of Pata­ñ­ja­li, de Hariha­ra­nan­da Aranya:

Suje­tar la men­te y man­te­ner­la serena
no es poca tarea para mi volun­tad vacilante:
tan­tas veces como la apa­ci­guo y acallo
su rumiar ince­san­te ini­cia un nue­vo ataque.
Ya en mi juven­tud qui­se pro­bar el alcohol
para ali­viar la ansie­dad y cal­mar la hiel;
en los años siguien­tes me pasé a la hierba,
pero sus bon­da­des, gra­tas al ini­cio, no perduraron.
Al fin, con la espe­ran­za bur­la­da, regresé
a la sen­da espi­ri­tual, a mi alma anhelada,
a fin de coro­nar las altu­ras mís­ti­cas de la dicha.
Ay de mí, que no ha sido un via­je fácil éste:
que aho­ra, con la edad y la salud trilladas,
todo lo que me que­da es este dilema:
¿se tron­cha­rá el cora­zón o esta­lla­rá la mente
antes que mis vrit­tis alcan­cen su nirodha?

Dado su for­mi­da­ble reco­rri­do crí­ti­co y comen­ta­rís­ti­co, así como la alta esti­ma que de la obra y su autor tie­nen eru­di­tos, hin­dúes devo­tos y la sub­cul­tu­ra del yoga actual en la India y en Occi­den­te, uno podría asu­mir que los Yogasūtras han sido, como la Biblia para cris­tia­nos y judíos, un peren­ne «clá­si­co» indio. Sin embar­go, como se mos­tra­rá en los capí­tu­los que siguen, este no ha sido el caso. En varios cien­tos de años antes de su «des­cu­bri­mien­to» por un orien­ta­lis­ta bri­tá­ni­co a prin­ci­pios de 1800, los Yogasūtras fue­ron una tra­di­ción per­di­da. Como resul­ta­do, los escri­bas deja­ron de copiar manus­cri­tos de los Yogasūtras, pues a nadie le intere­sa­ba leer­los, y la ins­truc­ción en filo­so­fía del Yoga fue eli­mi­na­da del tra­di­cio­nal currícu­lo hin­dú, ya que a nadie le impor­ta­ba reci­tar o memo­ri­zar los sūtras.

A raíz de este lar­go inci­so, la «recu­pe­ra­ción» que siguió al redes­cu­bri­mien­to del tex­to tuvo un tor­tuo­so pro­ce­so, gene­ran­do mucho rui­do sin sig­ni­fi­car a menu­do nada, debi­do a que sus diver­sos intér­pre­tes moder­nos pro­yec­ta­ban sus fan­ta­sías, pre­con­cep­cio­nes, espe­ran­zas, sue­ños y agen­das per­so­na­les en el tra­ba­jo de Pata­ñ­ja­li de una for­ma sin pre­ce­den­tes. Como resul­ta­do, los Yogasūtras han veni­do a ser algo así como un huér­fano mal­tra­ta­do duran­te la mayor par­te de los últi­mos dos siglos, a menu­do abu­sa­do por exper­tos y dile­tan­tes, mís­ti­cos y prag­má­ti­cos, refor­mis­tas y reac­cio­na­rios que, bien inten­cio­na­dos o no tan bien inten­cio­na­dos, lo toma­ron como una fuen­te de capi­tal polí­ti­co, inte­lec­tual o simbólico.

Gran par­te del balan­ce de este libro se dedi­ca­rá a ras­trear la his­to­ria frac­tu­ra­da de estas apro­pia­cio­nes y refu­ta­cio­nes moder­nas, que han lle­va­do el lega­do de los Yogasūtras a tra­vés de los océa­nos y por enci­ma de los picos neva­dos de la hima­la­ya Shan­gri-La, zig­za­guean­do entre Cal­cu­ta, Lon­dres, Ber­lín, Vara­na­si, Chica­go, Nue­va York, Chen­nai, Myso­re, Los Ánge­les y muchos, muchos luga­res inter­me­dios. Lo más curio­so, y esto es lo que dife­ren­cia a los Yogasūtras y su sis­te­ma filo­só­fi­co de todas las demás escue­las de la India, es que no es la pri­me­ra vez que la obra de Pata­ñ­ja­li se lle­va más allá de las fron­te­ras del sub­con­ti­nen­te indio. Esto ya había ocu­rri­do en los siglos X y XI, cuan­do se escri­bie­ron exten­sos comen­ta­rios sobre los Yogasūtras en ára­be y java­nés anti­guo. Cuan­do se agre­ga a estos el cre­cien­te núme­ro de tra­duc­cio­nes, comen­ta­rios y estu­dios de los Yogasūtras que actual­men­te se publi­can en apa­ren­te­men­te todos los idio­mas del pla­ne­ta, la ima­gen que sur­ge es de algo com­ple­ta­men­te nue­vo: una tra­di­ción de las escri­tu­ras y filo­so­fías de la India que es ver­da­de­ra­men­te cos­mo­po­li­ta, incrus­ta­da en todas las par­tes del mun­do, aun­que sólo recien­te­men­te redes­cu­bier­ta en la tie­rra de su naci­mien­to. Sin embar­go, antes de recu­rrir a estas apro­pia­cio­nes no indias de los Yogasūtras, pri­me­ro debe­mos situar la obra de Pata­ñ­ja­li y a sus lec­to­res indios ori­gi­na­les en sus con­tex­tos anti­guos y medievales.


Tra­duc­ción del inglés por Javi Gobinde

Este artícu­lo abar­ca el pri­mer capí­tu­lo de:
The Sūtra of Pata­ñ­ja­li. A bio­graphy, de David Gor­don White.
PRIN­CE­TON UNI­VER­SITY PRESS

Prin­ce­ton and Oxford, 2014.


David Gor­don Whi­te, PhD, es pro­fe­sor de estu­dios reli­gio­sos en la Uni­ver­si­dad de Cali­for­nia, San­ta Bár­ba­ra. Sus publi­ca­cio­nes más cono­ci­das son: Yoga in Prac­ti­ce (2011), Kiss of the Yogi­nī: «Tan­tric Sex» in its South Asian Con­texts (2003), Tan­tra in Prac­ti­ce (2000) y The Alche­mi­cal Body: Siddha Tra­di­tions in Medie­val India (1996).


 

  • 1
    Murr 1987, 1: 123.
  • 2
    Murr 1987, 2: 1– 64.
  • 3
    Sir Monier Monier-Williams, Dic­cio­na­rio Sánscrito-Inglés: Etimológicamente y filológicamente orde­na­do con una refe­ren­cia espe­cial a las len­guas indo­euro­peas cog­na­das (Lon­dres: Oxford Uni­ver­sity Press, 1899; reimpresión, Delhi: Moti­lal Banar­si­dass, 1984), 856–57.
  • 4
    A lo lar­go de este libro, escri­bi­ré con mayúscula la pala­bra «Yoga» cuan­do me refie­ro al Yoga como un sis­te­ma filosófico, mien­tras que usa­ré el «yoga» en minúsculas para todos los demás usos del término.
  • 5
    Yogasūtras 2.29 (astav anga­ni).
  • 6
    King 1999, 44, 64.
  • 7
    Feuers­tein 1979, 34– 35; Chap­ple 2008, 219– 21.
  • 8
    Angot 2008, 24.
  • 9
    Angot 2008, 23.
  • 10
    Angot 2008, 68, 89, 122.
  • 11
    2. Edwin Bryant, The Yogasutrās of Patan­ja­li (New York: North Point Press,2009), xxxviii.
  • 12
    Aran­ya 1983, unnum­be­red page bet­ween table of con­tents and p. vii.

1 Comentario. Dejar nuevo

  • Óscar Pontet
    16 junio 2021 12:31

    Gra­cias, ya es mucho que haya escue­las de yoga que se preo­cu­pen de docu­men­tar­se bien y estén al día de las últi­mas inves­ti­ga­cio­nes, por­que lo que ves por ahí es a veces preo­cu­pan­te. Un abra­zo. Óscar P.

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