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Pad­ma­sambha­va y la Daki­ni Kumari

Evan Mar­tí­nez

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Cuen­tan que el gran yogui Pad­ma­sambha­va, tam­bién cono­ci­do como Guru Rim­po­che o “maes­tro pre­cio­so”, guia­do por visio­nes y sue­ños, via­jó duran­te mucho tiem­po, yen­do de un lugar a otro soli­ci­tan­do ense­ñan­zas e ini­cia­cio­nes a yoguis y yogui­nis, bus­can­do gran­des sabios y sabias, maes­tros y maestras.

A medi­da que iba pro­gre­san­do en sus apti­tu­des, madu­ran­do y desa­rro­llan­do sus habi­li­da­des y pode­res en bene­fi­cio de todos los seres sen­si­bles, su fama se exten­día hacia leja­nos paí­ses, Tibet, Bután, Chi­na, Nepal… De don­de, en muchas oca­sio­nes, era reque­ri­do por gran­des sabios, mon­jes y Reyes para ayu­dar en algu­nas situa­cio­nes poco comunes.

Así fue como Pad­ma­sambha­va fue lla­ma­do por el 38º Rey del Tibet, Tri­song Deu­tsen, para ayu­dar con unos espí­ri­tus malig­nos que se opo­nían a la cons­truc­ción del Monas­te­rio de Sam­ye pro­vo­can­do una devas­ta­do­ra sequía en Lasha. Pad­ma­sambha­va empren­dió su via­je por el Tibet ven­cien­do y domi­nan­do, con sus pode­res tán­tri­cos, a los espí­ri­tus malig­nos que encon­tra­ba por el camino, y cuan­do lle­gó a pala­cio, cono­ció a la que sería su más gran­de y ama­da dis­cí­pu­la, Yeshe Tsg­yal, com­pa­ñe­ra y consorte.

Su bús­que­da espi­ri­tual le lle­vó a leja­nos y recón­di­tos luga­res: a bos­ques oscu­ros en los que la luz solar no es más que un recuer­do vago en la memo­ria rota de los espí­ri­tus, a tene­bro­sos y soli­ta­rios pan­ta­nos pla­ga­dos de demo­nios y  pre­tas, ham­brien­tos y cie­gos, atra­pa­dos en sus infier­nos, a islas per­di­das que solo la con­duc­ta más impe­ca­ble y la visión más com­pa­si­va pue­den mani­fes­tar, a las pro­fun­di­da­des de mares y lagos enve­ne­na­dos de cria­tu­ras abo­mi­na­bles y anti­guas como el tiem­po en bus­ca de olvi­da­das escri­tu­ras y reli­quias, a gru­tas inac­ce­si­bles escon­di­das bajo cas­ca­das de aguas con­ge­la­das en cimas de mon­ta­ñas capa­ces de ras­gar los cie­los, a cemen­te­rios, guar­da­dos por mis­te­rio­sas y pode­ro­sas Dakinis.

Un día oyó hablar de la Rei­na Supre­ma de todas las daki­nis, la yogui­ni suma­men­te rea­li­za­da «Sabi­du­ría Secre­ta» y via­jó has­ta elce­men­te­rio del “Bos­que­ci­llo de Sán­da­lo”, lugar en don­de la rei­na de las daki­nis tenía su pala­cio. Des­pués de cami­nar duran­te 5 lar­gas jor­na­das, Pad­ma­sambha­va llegó
has­ta el cemen­te­rio, y se sen­tó a espe­rar a la puer­ta de un cas­ti­llo ador­na­do con millo­nes de bur­lo­nas cala­ve­ras. No tar­dó en salir una joven por­tea­do­ra de agua. Pad­ma­sambha­va inten­tó hablar con ella, pero Kuma­ri, que así se lla­ma­ba la joven, siguió por­tan­do el agua en las gran­des vasi­jas de bron­ce que col­ga­ban de un pesa­do yugo sobre sus hom­bros, igno­ran­do al yogui. Pad­ma­sambha­va insis­tió, pero Kuma­ri siguió aca­rrean­do el agua silen­cio­sa­men­te, hacien­do caso omi­so a las pala­bras del Guru.

El gran yogui per­dió la pacien­cia y hacien­do uso de sus mag­ní­fi­cos pode­res yógui­cos cla­vó mági­ca­men­te las pesa­das vasi­jas en el sue­lo, que se hun­die­ron varios cen­tí­me­tros en la tie­rra. Kuma­ri ni siquie­ra inten­tó vol­ver a levan­tar­las y qui­tán­do­se el yugo y las cuer­das de los hom­bros se acer­có a Pad­ma­sambha­va dicien­do: «Has desa­rro­lla­do gran­des pode­res como Yogui. Pad­ma­sambha­va, déja­me, que yo te mues­tre, …aho­ra.»

Len­ta­men­te, Kuma­ri, ele­vo el bra­zo izquier­do y, hacien­do un giro con la muñe­ca y los cin­co dedos en el aire, des­co­rrió un velo de invi­si­bi­li­dad del que sacó un peque­ño cuchi­llo de cris­tal en for­ma de media luna, y, sin pes­ta­ñear, se lo cla­vó en el ester­nón, des­ga­rran­do su cuer­po des­de el cen­tro del cora­zón has­ta el pubis mos­tran­do a un Pad­ma­sambha­va, petri­fi­ca­do, el inte­rior de su cuer­po: un vas­to espa­cio sin lími­tes, reve­lan­do así su sabi­du­ría: el man­da­la com­ple­to de los tan­tras inte­rio­res; 42 dei­da­des apa­ci­bles ador­nan­do su tor­so supe­rior y cabe­za y 58 dei­da­des aira­das guar­dan­do el tor­so infe­rior. Visión com­ple­ta de la natu­ra­le­za últi­ma de la reali­dad, espe­jo de uno mis­mo en todas las face­tas, aira­das y apa­ci­bles, expe­rien­cia vital des­ga­rra­do­ra de la que no pue­des vol­ver sien­do el mismo.

El Gran Pad­ma­sambha­va, el segun­do Buda, ante el que gran­des reyes y acau­da­la­dos nobles se incli­na­ban, cayó de rodi­llas ate­rro­ri­za­do y aver­gon­za­do por no haber­se dado cuen­ta de con quién esta­ba tra­tan­do y se pos­tró humil­de­men­te ante ella.

Kuma­ri, le suje­tó amo­ro­sa­men­te los bra­zos, son­rió y le dijo dul­ce­men­te: «Yo solo soy la don­ce­lla. Ven aho­ra con­mi­go, mi Seño­ra te espe­ra» y reco­gien­do de nue­vo las vasi­jas sobre sus hom­bros, con un ges­to le invi­tó a que la siguie­ra al inte­rior del cas­ti­llo de «Sabi­du­ría Secreta».

Evan Mar­tí­nez – Kiran

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