YOGA Y YOGUIS (I)

James Mallin­son


Este ensa­yo es una ver­sión revi­sa­da de una con­fe­ren­cia que di en la Uni­ver­si­dad de Colum­bia, Nue­va York, en sep­tiem­bre de 2011, en la «Mellon Sans­krit Series» de Shel­don Pollock. Como pue­de dedu­cir­se del títu­lo ante­rior, soy sans­cri­tis­ta. Mi tesis doc­to­ral con­sis­tió en la edi­ción crí­ti­ca de un tex­to en sáns­cri­to sobre yoga lla­ma­do Khe­cha­rī­vid­yā, cuyo super­vi­sor fue el pro­fe­sor Ale­xis San­der­son, prin­ci­pal eru­di­to del shi­vaís­mo tán­tri­co en el mundo.

Soy ade­más etnó­gra­fo afi­cio­na­do. Lle­gué a hacer un mas­ter con una diser­ta­ción sobre el asce­tis­mo en la India, pero lo que Shel­don Pollock ha lla­ma­do «la hiper­tro­fia de la teo­ría» que afli­ge a las huma­ni­da­des, me disua­dió de tomar el tren de la etno­gra­fía for­mal y regre­sé a la filo­lo­gía, bus­can­do dar sen­ti­do al asce­tis­mo indio a tra­vés de los textos.

El Khe­cha­rī­vid­yā tra­ta sobre la khe­cha­rī­mu­drā, una prác­ti­ca yógui­ca en la cual la len­gua se rela­ja y replie­ga para enros­car­se bajo la cavi­dad pala­tal, per­mi­tien­do así su acce­so al amri­ta, el néc­tar de la inmor­ta­li­dad, que gotea des­de la par­te supe­rior del crá­neo. Para escla­re­cer el tex­to, bus­qué yoguis tra­di­cio­na­les en la India que prac­ti­ca­ran la khe­cha­rī­mu­drā —aun­que ase­gu­rán­do­me de no hacer tan­ta etno­gra­fía como para jus­ti­fi­car mis métodos.

Cono­cí a mi pri­mer yogui en Kullu, en el Dus­seh­ra Mela de 1995. Era la últi­ma noche de luna lle­na de Kart­tik, tam­bién lla­ma­da Sha­rat Pur­ni­ma o luna lle­na de oto­ño. Me había ins­ta­la­do en el cam­pa­men­to de los Rāmā­nan­dī y le pre­gun­té a mi gurú si cono­cía algún prac­ti­can­te de khe­cha­rī­mu­drā en el fes­ti­val. Otro sadhu asin­tió diri­gien­do la cabe­za hacia un babá con pin­ta hos­ca que había en el otro extre­mo de la tien­da; dijo que era un yogi­rāj. En una ten­ta­ti­va me acer­qué a él y le pre­gun­té en mi hin­di más res­pe­tuo­so si prac­ti­ca­ba khe­cha­rī­mu­drā. Me dijo que sí, pero que no era cosa para un sādhā­ran vyak­ti, un «indi­vi­duo ordi­na­rio» como yo. Decep­cio­na­do, regre­sé al lado de mi guru­ji. Más tar­de, esa mis­ma noche, cuan­do la luna lle­na alcan­za­ba su mayor apo­geo y se decía que esta­ba rebo­san­do amri­ta, sali­mos todos a pre­sen­ciar el ritual final del fes­ti­val; allí comi­mos tas­māī humean­te, una espe­cie de arroz con leche don­de decían que la amri­ta se había derramado.

A la maña­na siguien­te, con los ojos toda­vía nubla­dos, al poco de haber­me sen­ta­do a tomar chai con mi guru­ji, un sadhu me dio un coda­zo y seña­ló al yogi­rāj. Vi que tenía la boca muy abier­ta. Me acer­qué a él y miré en su inte­rior. En efec­to, su len­gua había des­apa­re­ci­do den­tro de la cavi­dad bajo su pala­dar, y me esta­ba mos­tran­do la khe­cha­rī­mu­drā. Segui­da­men­te se dig­nó a reve­lar algu­nos de sus secretos.

Paraśurām Dās Jī Yogīrāj 1995. © Foto­gra­fía de James Mallinson

YOGA


Aque­llos de voso­tros que estéis fami­lia­ri­za­dos con el estu­dio avan­za­do del yoga, en par­ti­cu­lar en la varie­dad de hatha —del que deri­va la mayor par­te del yoga prac­ti­ca­do hoy en día en el mun­do— sabréis que la crea­ción y escri­tu­ra de tales tex­tos se le atri­bu­ye a una sec­ta de yoguis lla­ma­da Nāth, y en par­ti­cu­lar a su gurú fun­da­dor, Gorakh­nāth.

Śrī Śrī Mahāyogī Guru Gorakšanāth Jī, © James Mallinson

Los Nāths tam­bién se cono­cen como yoguis Kānpha­tā, «ore­jas cor­ta­das», debi­do a los ori­fi­cios prac­ti­ca­dos en los car­tí­la­gos de sus ore­jas, en los que intro­du­cen col­gan­tes gran­des en for­ma de arete.

Entre sus for­mu­la­cio­nes clá­si­cas, de entre las cua­les la más cono­ci­da es el Hatha­pra­dī­pi­kā del siglo XV, el hatha­yo­ga emplea un aba­ni­co de téc­ni­cas físi­cas con el fin de des­per­tar a la dio­sa Kun­da­li­nī, que des­can­sa en for­ma de ser­pien­te sobre la base de la colum­na y se ele­va a tra­vés de una suce­sión de cha­kras para unir­se con Shi­va en la cabeza.

El Khe­cha­rī­vid­yā es atri­bui­do a Shi­va en la for­ma de Ādi­nātha, el pri­mer Nāth, y por ello se aso­cia a esta orden. Pero en el cur­so de mi tra­ba­jo sobre el Khe­cha­rī­vid­yā, tan­to mis estu­dios tex­tua­les como las obser­va­cio­nes etno­grá­fi­cas me lle­va­ron a ser cada vez más escép­ti­co acer­ca de la atri­bu­ción gene­ral del hatha­yo­ga a los Nāths, y de la exis­ten­cia de una orden for­mal «Nāth» en el momen­to de la com­po­si­ción del Khe­cha­rī­vid­yā. No mucho des­pués de con­cluir mi tesis, el pro­fe­sor David Loren­zen me pidió que con­tri­bu­ye­ra a un volu­men sobre los Nāths y su literatura.

Kānphaţā are­tes, Jwa­la­mukhi 2011 © James Mallinson

Con mucho gus­to acep­té. Es genial —pen­sé— un incen­ti­vo más para lle­gar al fon­do de todo esto. Y me di cuen­ta de que hacer­lo impli­ca­ría vol­ver a los ini­cios: ras­trear y explo­rar el cor­pus de las pri­me­ras obras sobre hatha­yo­ga. Por­que es algo lla­ma­ti­vo que, habi­da cuen­ta de la gran popu­la­ri­dad del yoga, se cuen­te con tan esca­sos estu­dios crí­ti­cos de sus fuen­tes, y nin­gún estu­dio crí­ti­co del cor­pus en su conjunto.

Así que iden­ti­fi­car este cor­pus y deter­mi­nar una cro­no­lo­gía rela­ti­va de sus tex­tos impul­só más el tra­ba­jo filo­ló­gi­co, muy minu­cio­so, al que me había acos­tum­bra­do al edi­tar el Khe­cha­rī­vid­yā.

Me ayu­dó mucho el que el Hatha­pra­dī­pi­kā sea en su mayor par­te una com­pi­la­ción. El hatha-yoga del Hatha­pra­dī­pi­kā es, de hecho, muy ecléc­ti­co, y abar­ca una amplia gama de prác­ti­cas, algu­nas de las cua­les pare­cen tener pro­pó­si­tos no muy cla­ros (vol­ve­ré sobre esto más adelante).

Rām Dās Jī Yogirāj, Citra­koot 1995 © James Mallinson

Sobre la base del tra­ba­jo pio­ne­ro de Chris­tian Bouy, iden­ti­fi­qué vein­te tra­ba­jos don­de Svāt­mā­rā­ma, el com­pi­la­dor del Hatha­pra­dī­pi­kā, había toma­do ver­sos. De estos sólo cua­tro men­cio­nan el hatha­yo­ga como nom­bre, y entre ellos sólo uno, los Dat­tā­tre­ya­yo­gashās­tra, del siglo XIII, des­cri­be sus prác­ti­cas. Estas tra­tan sobre un yoga de ocho eta­pas simi­lar al ense­ña­do por Pata­ñ­ja­li pero aquí atri­bui­do al sabio Yāj­ña­valk­ya, jun­to con diez téc­ni­cas cono­ci­das como mudrās y bandhas. Son estas últi­mas prác­ti­cas las que dife­ren­cian al hatha­yo­ga de otros yogas. Fue­ron prac­ti­ca­das por Kapi­la y otros sabios y se asen­ta­ban en la anti­gua y toda­vía vigen­te noción de que en los hom­bres el prin­ci­pio vital, fru­to de los diver­sos rasa que nutren el cuer­po, es bin­du, el semen, que es com­pa­ra­do con amri­ta, el néc­tar de inmor­ta­li­dad. En las muje­res esto es rajas, el flui­do mens­trual. En la fisio­lo­gía del yoga, el bin­du es crea­do en la cabe­za, don­de la luna lo secre­ta en la par­te supe­rior del canal cen­tral, y gotea has­ta la base de la colum­na para con­su­mir­se en el fue­go solar o ser eya­cu­la­do, debi­li­tan­do el cuer­po y lle­ván­do­lo a la vejez y la muerte.

Las téc­ni­cas de este pri­mer hatha­yo­ga uti­li­zan méto­dos neu­má­ti­cos y mecá­ni­cos para man­te­ner el bin­du en la cabe­za o subir­lo en caso de caer­se. Inclu­yen el ya men­cio­na­do khe­cha­rī­mu­drā, en cuya mani­fes­ta­ción más tem­pra­na la aber­tu­ra del pala­dar es sella­da con la len­gua para que el bin­du no pue­da caer. Lue­go hay varias téc­ni­cas que se dice que hacen que la res­pi­ra­ción entre en el canal cen­tral y se ele­ve hacia arri­ba, lle­ván­do­se bin­du con él. El bien cono­ci­do heads­tand yógui­co uti­li­za la gra­ve­dad para man­te­ner bin­du en la cabe­za. Lue­go está la vaj­ro­li­mu­drā, que lle­va a cabo el yogui crean­do un vacío en su estó­ma­go para reab­sor­ber su bin­du en caso de que eya­cu­le accidentalmente.

Habien­do esta­ble­ci­do que estas prác­ti­cas deter­mi­na­ban el hatha­yo­ga en su pri­me­ra for­mu­la­ción, comen­cé a exa­mi­nar las otras obras uti­li­za­das para com­pi­lar el Hatha­pra­dī­pi­kā, con el fin de iden­ti­fi­car sus ense­ñan­zas. Encon­tré sie­te. La más tem­pra­na es el Amri­ta­siddhi, del siglo XI. Al igual que los Dat­tā­tre­ya­yo­gashās­tra, el yoga del Amri­ta­siddhi está orien­ta­do a man­te­ner el bin­du en la cabe­za y, como los Dat­tā­tre­ya­yo­gashās­tra, no hace refe­ren­cia a Kun­da­li­nī ni tam­po­co a los cha­kras. Las seis obras res­tan­tes son con­tem­po­rá­neas de los Dat­tā­tre­ya­yo­gashās­tra o pos­te­rio­res. Cin­co de ellas se atri­bu­yen a los gurús Nāths o los men­cio­nan en sus ver­sos man­ga­la.

Dattātreya en Jūnā Akhāŗā Harid­war 2010 © Jim Mallinson

Estas obras de los Nāths no lla­man a su yoga hatha. La sex­ta, el Shi­va­samhi­tā, es un pro­duc­to de la tra­di­ción de Shrī­vid­yā aso­cia­da con los Shan­ka­rā­chār­yas de Shrin­ge­riKan­chi. En todas estas seis obras el pro­pó­si­to del yoga que ense­ñan es la ascen­sión de Kun­da­li­nī.

Estas obras incor­po­ran las téc­ni­cas y, en algu­nos casos, los ver­sos del Dat­tā­tre­ya­yo­gashās­tra y el Amri­ta­siddhi, pero, con diver­sos gra­dos de éxi­to, son redac­ta­das para ser más afi­nes con el nue­vo obje­ti­vo de ele­var a Kun­da­li­nī. Así, en el Vive­ka­mār­tan­da, por ejem­plo, que pue­de fechar­se en un perío­do simi­lar al de los Dat­tā­tre­ya­yo­gashās­tra, se ense­ñan seis mudrās hatha­yó­gui­cas, inclu­yen­do khe­cha­rī­mu­drā, des­pués de una des­crip­ción de Kun­da­li­nī, pero se dice que todos son para la pre­ser­va­ción de bin­du. El Khe­cha­rī­vid­yā, mien­tras tan­to, men­cio­na el Vive­ka­mār­tan­da en sus pri­me­ros ver­sos, pero no men­cio­na la pre­ser­va­ción del bin­du en su ense­ñan­za del khe­cha­rī­mu­drā, que se uti­li­za para des­per­tar a Kun­da­li­nī y ele­var­la has­ta el nivel de amri­ta en la cabe­za, para que ella inun­de el cuer­po en su via­je de regre­so a la base de la colum­na vertebral.

La reela­bo­ra­ción más cohe­ren­te de las mudrās hatha­yó­gui­cas se encuen­tra en el Shi­va­samhi­tā, obra en la que, a pesar de uti­li­zar su com­pi­la­dor ver­sos de los dos pri­me­ros tex­tos de hatha intere­sa­dos en el bin­du, el Amri­ta­siddhi y los Dat­tā­tre­ya­yo­gashās­tra, el inte­rés hacia el bin­du no se mues­tra en nin­gu­na par­te como obje­ti­vo prin­ci­pal de sus téc­ni­cas, cuya fina­li­dad ver­da­de­ra es el des­per­tar de Kun­da­li­nī.

El Hatha­pra­dī­pi­kā no es tan cohe­ren­te. En su esfuer­zo de ser un todo para los yoguis, inclu­ye los ver­sos que des­cri­ben la khe­cha­rī­mu­drā que encon­tra­mos tan­to en el Vive­ka­mār­tan­da como en el Khe­cha­rī­vid­yā, con sus con­flic­ti­vos obje­ti­vos de sellar bin­du en la cabe­za e inun­dar el cuer­po con amri­ta.

Enton­ces, ¿a dón­de quie­ro lle­gar con esta arca­na char­la de biza­rras téc­ni­cas yógui­cas? Pues bien, pare­ce que bajo el eclec­ti­cis­mo del Hatha­pra­dī­pi­kā se escon­día un patrón, que sólo se hace evi­den­te cuan­do la con­tras­ta­mos con los tex­tos que se usa­ron en su com­pi­la­ción. En algu­nos de esos tex­tos aso­ma una tipo­lo­gía de yoga que lo divi­de en tres méto­dos: man­tra, laya y hatha. El Hatha­pra­dī­pi­kā no hace men­ción del man­tra­yo­ga, que encar­na la prác­ti­ca cen­tral del shi­vaís­mo: la bús­que­da de siddhis, pode­res mági­cos y gozos sobre­na­tu­ra­les, por medio de la repe­ti­ción de man­tras. El laya­yo­ga ense­ña una varie­dad de téc­ni­cas para alcan­zar cit­ta­la­ya o la «diso­lu­ción de la men­te», la más cono­ci­da de las cua­les es la men­cio­na­da ele­va­ción de Kun­da­li­nī a tra­vés de los seis cada-vez-más-suti­les cha­kras. Otros méto­dos de laya inclu­yen nādā­nu­sandhā­na o nāda, escu­char series de soni­dos inter­nos cada-vez-más-suti­les que sur­gen en el cur­so de la medi­ta­ción yógui­ca. Estas téc­ni­cas, que se lla­man indi­vi­dual­men­te sam­ke­tas, son méto­dos secre­tos que se dice que han sido trans­mi­ti­dos por Shi­va. Muchos de ellos se des­cri­ben en los tan­tras Shai­va ante­rio­res, y tam­bién se ense­ñan en las obras aso­cia­das con los gurús Nāths que se emplea­ron para com­pi­lar el Hatha­pra­dī­pi­kā. Svāt­mā­rā­ma inclu­yó varias de estas sam­ke­tas en el Hatha­pra­dī­pi­kā, aña­dien­do nāda y el des­per­tar de Kun­da­li­nī; pero no las ense­ñó con el nom­bre de laya­yo­ga, sino que las puso con todo lo demás en el Hatha­pra­dī­pi­kā bajo el nom­bre de hatha.

Lo que se cue­ce en todo esto es que las téc­ni­cas basa­das en la medi­ta­ción y visua­li­za­ción de los pri­me­ros tex­tos Nāths —las téc­ni­cas Shai­va cono­ci­das como sam­ke­tas de laya­yo­ga— se super­po­nen a las téc­ni­cas físi­cas orien­ta­das al bin­du de los pri­me­ros hatha­yo­gas, en una sín­te­sis que cons­ti­tu­yó lo que lla­mo el hatha­yo­ga «clá­si­co». Esta fusión de lo físi­co y lo ima­gi­na­rio creó una varie­dad de para­do­jas onto­ló­gi­cas que fue­ron, por ejem­plo, res­pon­sa­bles de his­to­rias tales como la de Dayā­nan­da Saras­wa­ti, el fun­da­dor de la Ārya Samāj, sacan­do un cadá­ver del Gan­ges y disec­cio­nán­do­lo para deter­mi­nar la exis­ten­cia de cha­kras. Al no encon­trar nin­guno, arro­jó todas sus obras sobre yoga, inclui­da el Hatha­pra­dī­pi­kā, al río.

Are­tes Kānphaţā, Jwa­la­mukhi 2012 © James Mallinson

YOGUIS


La voca­ción de los Nath hacia este hatha­yo­ga tem­prano orien­ta­do al bin­du fue par­te del pro­ce­so de con­ver­sión en una orden for­mal de asce­tas céli­bes. Las fuen­tes tex­tua­les del perío­do ante­rior a la com­po­si­ción del cor­pus hatha­yó­gui­co mues­tran que los pri­me­ros gurús Nāths huma­nos, a saber, Mats­yen­dra y Goraksha, no pare­cían ser asce­tas céli­bes. Fue­ron adep­tos del Pash­chi­mām­nā­ya o Trans­mi­sión Occi­den­tal del Shi­vaís­mo Kau­la, con su pano­plia de doc­tri­nas eso­té­ri­cas, como el apla­ca­mien­to de yogui­nis sedien­tas de flui­dos cor­po­ra­les huma­nos, la alqui­mia, ritua­les sexua­les, man­tras mági­cos, etc.

Mats­yen­dra fue un céle­bre vicio­so. Una leyen­da muy refe­ri­da cuen­ta que se que­dó atra­pa­do en la tie­rra de las muje­res y que su dis­cí­pu­lo más aus­te­ro, Goraksha, le hizo entrar en razón. Esto es inter­pre­ta­do como una inter­ven­ción de Goraksha para sacar a su gurú del camino dege­ne­ra­do de Kau­la. Pero es pro­ba­ble que la his­to­ria sea pos­te­rior a Goraksha en algu­nos siglos. Pro­ba­ble­men­te en nues­tro pri­mer retra­to de él, que fue escri­to en anti­guo Kan­na­da a prin­ci­pios del siglo XIII, se dice que vivía en Kolha­pur no con una, sino con dos espo­sas. Los tex­tos del mis­mo perío­do aso­cia­do con él, como el Goraksha­samhi­tā, inclu­yen ense­ñan­zas sobre ritos sexuales.

No es sino has­ta los siglos XIV y XV —perio­do en que fue­ron com­pues­tas las obras Nāth sobre el hatha­yo­ga— cuan­do una orden de céli­bes asce­tas Naths comien­za a tomar for­ma, en par­ti­cu­lar en el nor­te y el oes­te del sub­con­ti­nen­te, y su apro­pia­ción del céli­be bin­du yoga, con su énfa­sis en la con­ti­nen­cia, es emble­má­ti­co de ese proceso.

Un tex­to Nāth del pri­mer cor­pus de tex­tos, el Gorakshasha­ta­ka, ter­mi­na con los siguien­tes versos:

«Bebe­mos el líqui­do que gotea lla­ma­do bin­du, no vino;
come­mos el des­pre­cio de los obje­tos de los cin­co sen­ti­dos, no carne;
no abra­za­mos un dul­ce-amor [sino] el sushum­nā nādī, su cuer­po sinuo­so como la hier­ba kusha;
si vamos a tener rela­cio­nes sexua­les, se dará en una men­te disuel­ta en el vacío, no en una vagina».

Nue­ve Nāths reu­ni­dos. © James Mallinson.

La apro­pia­ción de los Nāths de los pri­me­ros hatha­yo­ga fue sólo de nom­bre. De hecho, inclu­so esta adop­ción fue de cor­ta dura­ción. Des­pués de la com­po­si­ción del Hatha­pra­dī­pi­kā, nin­gún tex­to adi­cio­nal sobre hatha­yo­ga fue escri­to por los Nāths, y pare­cen no haber­lo prac­ti­ca­do, al menos en su pri­me­ra varie­dad. Las refe­ren­cias al hatha en los ver­sos en hin­di atri­bui­dos a Goraksha son des­de­ño­sas, aso­cián­do­las con prác­ti­cas ascé­ti­cas per­ni­cio­sas. Hoy en día la prác­ti­ca del hatha­yo­ga entre los Nāths es casi inexis­ten­te. Hay un gurú Nāth de Oris­sa, el Svā­mī Shiv Nāth Jī, que es un ardien­te defen­sor del hatha­yo­ga, pero sus inten­tos de intro­du­cir­lo entre otros de su sam­pra­dā­ya han sido infruc­tuo­sos. En noviem­bre de 2011 me encon­tré en Jwa­la­mukhi en Hima­chal Pra­desh, a Yogī Bābā Anūp Nāth Jī, un joven Nāth que vive en Mani­ka­ran, el cual me mos­tró una secuen­cia de difí­ci­les āsa­nas yógui­cas. Sor­pren­di­do por ello, le pre­gun­té dón­de había apren­di­do su yoga y él me dijo que le había lle­ga­do apne-āp —ins­tin­ti­va­men­te— cuan­do era un niño. y que no había sido ense­ña­do por nin­gún gurú Nāth.

En lugar de prac­ti­car hatha­yo­ga, los Nāths se han man­te­ni­do fie­les a sus raí­ces. Son reco­no­ci­dos entre otros asce­tas como exper­tos en las artes medi­ta­ti­vas y mági­cas del tan­tra, y las recien­tes publi­ca­cio­nes pres­crip­ti­vas Nāth ense­ñan los ritos de ado­ra­ción tán­tri­cos de la dio­sa Bālā Tri­pu­rā­sun­da­rī  en la tra­di­ción del Dakshi­nām­nā­ya o Tra­di­ción Sure­ña del Shi­vaís­mo Kaula.

Pero enton­ces, si no fue­ron los Nāths los que prac­ti­ca­ron el pri­mer hatha­yo­ga, ¿quién lo hizo? Para res­pon­der a esta pre­gun­ta, es nece­sa­rio iden­ti­fi­car los orí­ge­nes sec­ta­rios de los dos tex­tos del cor­pus que ense­ñan un bin­du yoga puro, el Amri­ta­siddhi y los Dattātreyayogashāstra.

Dasnāmī Nāgās en el 2001 Allaha­bad Kumbh Mela © James Mallinson

Los orí­ge­nes sec­ta­rios del Amri­ta­siddhi no están cla­ros. Yo sos­pe­cho que es pro­duc­to de una tra­di­ción Kāla­mukha en el nor­te de  Kar­na­ta­ka, pero toda­vía no pue­do estar segu­ro. Los orí­ge­nes sec­ta­rios del Dat­tā­tre­ya­yo­gashās­tra, sin embar­go, aun­que no se expli­ci­tan —el tex­to es en reali­dad muy anti-sec­ta­rio— se pue­den dedu­cir a par­tir de una varie­dad de pis­tas. Se ori­gi­nó entre los pre­cur­so­res de los gru­pos de renun­cian­tes, en par­ti­cu­lar los de Giris y Purīs, que se inclu­ye­ron más tar­de entre los diez «nom­bres» o sub­sec­tas de la Das­nā­mī Samn­yā­sīs, la famo­sa orden ascé­ti­ca Shai­va, cuyas imá­ge­nes de sus miem­bros (jue­go de pala­bras inten­cio­na­do) son expues­tas en todo el mun­do cada tres años, cuan­do se pro­ce­san des­nu­dos antes de bañar­se en la Kumbha Melā .

Ima­gen de Kapi­la en Mahānirvāņī Akhāŗā, Harid­war © Jim Mallinson

Las pis­tas en el tex­to son muchas. Dat­tā­tre­ya es la dei­dad tute­lar de Jūnā Akhā­riā, la más gran­de de las divi­sio­nes de los Dasnāmīs.

Es la aso­cia­ción de Dat­tā­tre­ya con los Samn­yā­sīs, la res­pon­sa­ble de una curio­sa omi­sión en el Hatha­pra­dī­pi­kā. A pesar de incor­po­rar vein­te ver­sos de los Dat­tā­tre­ya­yo­gashās­tra en el tex­to, Svāt­mā­rā­ma no men­cio­na al pro­pio Dat­tā­tre­ya, inclu­so cuan­do enu­me­ra a los maes­tros de hatha­yo­ga. Esto se debe a que que­ría recla­mar el hatha­yo­ga para la tra­di­ción Siddha —en par­ti­cu­lar la de los Nāths— pues­to que Nāths y Das­nā­mīs han sido riva­les duran­te mucho tiempo.

Kapi­la, que en los Dat­tā­tre­ya­yo­gashās­tra es iden­ti­fi­ca­do por Dat­tā­tre­ya como el maes­tro ori­gi­nal del hatha­yo­ga, es la dei­dad tute­lar del akhā­rā Mahā­nir­vā­nī, la segun­da más gran­de, y posi­ble­men­te la más anti­gua, de los akhā­rās Samnyāsī.

Tan­to Dat­tā­tre­ya como el Kapi­la más vie­jo han sido aso­cia­dos con prác­ti­cas ascé­ti­cas con­tra­dic­to­rias. En lo con­cer­nien­te a Kapi­la, esto ha sido demos­tra­do recien­te­men­te por el pro­fe­sor Johan­nes Bronkhorst  en una mono­gra­fía sobre el gran Magadha. A las refe­ren­cias que cita pue­do agre­gar una del Brihat­kathāsh­lo­ka­sam­graha, que pue­de estar fecha­do en el siglo XI, como muy tar­de. Al escri­bir sobre la ciu­dad de Can­da­simha, Budhas­vā­min dice: «Ahí los vicios que sue­len ate­rro­ri­zar a los que quie­ren libe­rar­se de la rue­da del rena­ci­mien­to están pres­cri­tos por Kapi­la y otros en los tra­ta­dos sobre la liberación».

Las prác­ti­cas que Bronkhorst lla­ma ascé­ti­cas «no-védi­cas» no apa­re­cen en deta­lle en los pri­me­ros tex­tos. Sin embar­go, reci­bi­mos de ellas men­cio­nes en una varie­dad de obras simi­la­res, inclu­yen­do el canon Pali, las epo­pe­yas y los tex­tos de Dhar­mashās­tra, y algu­nas tie­nen más que un pare­ci­do pasa­je­ro con las prác­ti­cas del pri­mer hatha­yo­ga. Así, el Buda dice que inten­tó pre­sio­nar su len­gua con­tra su pala­dar a la mane­ra de la hatha­yó­gui­ca khe­cha­rī­mu­drā. En otras par­tes del canon Pali, se dice que los Ājī­vi­kas prac­ti­can el mic­chā­ta­pam, o «fal­sas peni­ten­cias», inclu­yen­do ukku­ti­kap­padhā­na, es decir, «ejer­ci­tar­se en posi­ción de cucli­llas» y vag­gu­li­va­ta, la «peni­ten­cia del mur­cié­la­go» Es pro­ba­ble que la pri­me­ra sea una pre­cur­so­ra de vīrā­sa­na o vaj­rā­sa­na (esta últi­ma más cono­ci­da como siddhā­sa­na), posi­cio­nes sen­ta­das en las que se ejer­ce pre­sión sobre el peri­neo con el talón para hacer que la res­pi­ra­ción entre en el canal cen­tral, aumen­tan­do así bin­du o, en tex­tos pos­te­rio­res, Kun­da­li­nī. La segun­da, en la cual el asce­ta está sus­pen­di­do boca aba­jo (ver foto de aba­jo), es una prác­ti­ca que se men­cio­na en el Mahābhā­ra­ta y los Vaikhā­na­sas­mār­ta­sū­tra, y que ha sobre­vi­vi­do a la era moder­na pero ha ter­mi­na­do extin­guién­do­se duran­te el últi­mo siglo. Tal vez fue eclip­sa­da por el yógui­co balan­ceo de cabe­za que sir­ve para el mis­mo pro­pó­si­to. Sea como fue­re, todas estas prác­ti­cas anti­guas se atri­bu­yen a los asce­tas que son tam­bién lla­ma­dos ūrdh­va­re­tas, esto es, «de semi­lla inver­ti­da o vol­tea­da hacia arri­ba», y pare­ce pro­ba­ble que, del mis­mo modo que sus expre­sio­nes hatha­yó­gui­cas pos­te­rio­res, for­ma­ran par­te de un con­jun­to de téc­ni­cas des­ti­na­das a asis­tir y real­zar los bene­fi­cios del celi­ba­to ascético.

Viśvāmitra rea­li­zan­do tapas, Siglo XVII ©Bri­tish Library Board Rama­ya­na MS 15295


Así pues, por resu­mir un poco lo que lle­vo dicho: las téc­ni­cas de los pri­me­ros hatha­yo­ga fue­ron prac­ti­ca­das por asce­tas de una anti­gua tra­di­ción del celi­ba­to no-védi­co, pero su pri­me­ra expo­si­ción tex­tual la encon­tra­mos en los pri­me­ros tex­tos de hatha­yo­ga. Aun­que los deta­lles de la for­ma­ción de sus sec­tas son toda­vía impre­ci­sos, está cla­ro que los here­de­ros de aque­llos asce­tas son las dos órde­nes monás­ti­cas más gran­des de la India hoy en día, Das­nā­mī Samn­yā­sīs y Rāmā­nan­dīs. Son las órde­nes entre las cua­les la prác­ti­ca del hatha­yo­ga aún pre­va­le­ce, y su hatha­yo­ga tie­ne mucho que ver con pre­ser­var y subli­mar el bin­du. Par­te del rito de ini­cia­ción Das­nā­mī Nāgās es el tang tori, en el cual el pene se tira hacia aba­jo, deján­do­lo flá­ci­do para siem­pre y per­mi­tien­do una serie de demos­tra­cio­nes estra­fa­la­rias del des­dén del asce­ta por su miem­bro (ver ima­gen de aba­jo a la derecha).

Gańgā Dās Chi­tra­koot 1995 © James Mallinson

Mien­tras tan­to, los Rāmā­nan­dīs no se apli­can tan­to como para des­fi­gu­rar­se a sí mis­mos, sin embar­go algu­nos de ellos que optan por el voto del celi­ba­to se some­ten a la este­ri­li­za­ción química.

No sólo los Das­nā­mīs y Rāmā­nan­dīs son los prin­ci­pa­les prac­ti­can­tes ascé­ti­cos del hatha­yo­ga en la actua­li­dad, sino que tam­bién con­ti­núan prac­ti­can­do otras téc­ni­cas ascé­ti­cas con las que los pre­cur­so­res de los pri­mi­ti­vos hatha­yo­ga están aso­cia­dos en nues­tras pri­me­ras fuentes.

Siddhāsana, Rām Dās Jī Yogirāj 1995 © J. Mallinson

Así, los Rāmā­nan­dīs son hoy en día las prin­ci­pa­les mues­tras del anti­guo rigor de sen­tar­se bajo el sol del medio­día en pleno verano, rodea­dos de ardien­tes bra­sas de estiér­col de vaca (foto de la izquier­da), y con fre­cuen­cia com­ple­tan esta peni­ten­cia prac­ti­can­do yógui­cas āsa­nas. Esto no está exen­to de peli­gros: no es raro ver caer a algu­nos yoguis enci­ma de estas ascuas.

De hecho, los para­le­lis­mos entre la prác­ti­ca actual de los Rāmā­nan­dīs, o, para ser pre­ci­sos, la subor­den Tyā­gī, y las de los asce­tas en nues­tras fuen­tes tem­pra­nas son sor­pren­den­tes. Los Vaikhā­na­sas­mār­ta­sū­tra, que se remon­tan a los siglos IV y VIII, des­cri­ben las prác­ti­cas de los ermi­ta­ños céli­bes (es decir, vāna­prasthas). Inclu­yen en ellos la prác­ti­ca del yoga, sen­tar­se entre cin­co fue­gos, per­ma­ne­cer en una olla de agua, sen­tar­se en vīrā­sa­na, per­ma­ne­cer en silen­cio, inver­tir el cuer­po y parar­se sobre un sólo pie. Los mis­mos ermi­ta­ños deben medi­tar en Vish­nu con bhak­ti, devo­ción. Todas estas prác­ti­cas son típi­cas aún de los Rāmā­nan­dī Tyā­gīs actuales.

Dhūni-tap Harid­war 2010 © James Mallinson

Tra­duc­ción del inglés y notas de Javi Gobinde

Con­ti­núa leyen­do en Yoga y Yoguis, par­te II.


 

 

 

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